– Sí, es el viejo edificio de la escuela, las cuatro aulas son el reflejo de la antigua segregación, las dos aula de la derecha pertenecían a las chicas y las dos de la izquierda a los chicos, pura simetría. Entre aulas, una pequeña biblioteca masculina y, tal vez, una femenina, aunque las recuerdo como almacenes de leche en polvo.
– ¿Leche en polvo?
Se quitó las gafas de sol para enfatizar con su perplejidad la pregunta. El frío viento del norte había enrojecido su nariz y ensortijado sus largos cabellos.
– Al parecer el franquismo no quería niños desnutridos, así que nos daban leche en polvo. No lo recuerdo bien, probablemente veníamos a la escuela con un vaso metálico o un recipiente similar. La leche procedía de tu país, el régimen ya colaboraba con ellos, y venía acompañada de otros productos, mantequilla y queso, pero estos no llegaron a estos pagos, seguramente se quedaron por el camino...la corrupción era inherente al régimen.
El que así hablaba extrajo un paquete de cigarrillos del dos cuartos, se quitó un guante y encendió uno protegiéndose del viento con la mano enguantada.
La vetusta construcción, a pesar de sus muchas cicatrices, de sus ventanas torpemente cegadas, aún se mostraba con arrogancia, con el orgullo de quien sabe que su desempeño fue importante. No en vano aquella escuela había albergado en su seno varios cientos de alumnos, hijos de los obreros de la fábrica que la subvencionaba a través de un patronato.
Abandonaron el patio escolar, tan deteriorado como el edificio, y caminaron hacia la parte superior del barrio; pizpiretos copos de nieve se obstinaban en blanquear un viento gris y gélido. A la izquierda se averiguaba la fisonomía de una antigua pista de baloncesto convertida por los avatares del tiempo en un siniestro estacionamiento de coches desahuciados. A final de la cuesta, con casas simétricamente dispuestas a ambos lados de la calzada, los paseantes interrumpieron su lento caminar; un camino embarrado se adentraba entre matorrales hacia una especie de monte bajo que coronaba la cima de la ladera. A la izquierda un viejo cobertizo recordó al forastero una vaquería, también una ignominiosa reyerta escolar. Una anciana menuda emergió entre la vegetación con un caminar sinuoso arrastrando un manojo de ramas secas.
— Buenas tardes tengan Vds.
Un pañuelo ceñido a la cabeza dejaba entrever una mirada torva, desconfiada. Las manos, nudos de vid, demandaban guantes con urgencia, mientras que las viejas katiuskas se arrimaban a las canillas buscando rescoldos imposibles.
— Buenas tardes...con mucho optimismo, pues hace un frío que pela—respondió el paseante frotándose las manos enguantadas.
La mujer depositó la carga de leña en el suelo y comenzó a limpiarse las manos en un sucio delantal.
— Vds. son forasteros, ¿no? ¿Acaso buscan casa? — preguntó la lugareña aviserando sus dos manos mientras miraba con insolencia a la forastera.
— No, tan sólo paseábamos. ¿Cuántos vecinos quedan en el barrio?
—¡Cojones con el señorito! ¿Necesita saber cuántos vivimos en el barrio para pasear? ¿No habrán venido a fisgar?...
—No... por favor, se trataba de una pregunta formal...
—¿Formal?... no parecen Vds. muy formales, mucho menos la “escuchumizá” esa...
La mujeruca recogió el hatillo de leña y se alejó saltarina, recatándose aviesamente de vez en cuando.
—¡Qué mujer más desagradable!— musitó la forastera— Es mejor que nos marchemos, me da miedo esa mujer.
—Tranquila, no hay nada que temer, se trata de la tradicional cortesía del lugar...
—¿Cortesía?... Pues si llega a ser amable... nos envenena.
Descendieron ligeros por la pindia cuesta, leves movimientos de visillos contrastaban con la quietud de las viejas casas pintadas de abandono. En el recodo, poco después de la cancha de baloncesto, la forastera se paró frente a un artilugio metálico erecto entre los hierbajos de una huerta abandonada.
—¿Qué son esos hierros? — preguntó curiosa, señalando con la patilla de las gafas a una estructura metálica con forma de “T”.
— Tendales.. o tendederos. Hace muchos años el barrio tenía un aspecto muy distinto, los tendales repletos de ropa húmeda aportaban color y, para los que sabían leer, los códigos sociales de una sociedad mentecata. De alguna manera, en esos tendales comenzó mi lúgubre educación sentimental.
— ¿En los tendales? No hablas en serio...
Volvió a colocarse las gafas de sol, recogiéndose con un deje de coquetería su larga melena.
— Totalmente — Encendió otro cigarrillo y, tras una prolongada pausa, señaló hacia la trasera de la casa a la que pertenecía el tendedero— Allí nací yo, la segunda casa contando desde la derecha. La ventana inferior pertenecía a la cocina.
—No contestaste a mi pregunta—insistió la forastera rasgando la erre.
—No... la respuesta no es sencilla, más aún tratándose de ti, es difícil que entiendas la situación en aquellos tiempos. Tampoco es algo inconfesable, una chiquillada sin más. En una libreta llevaba anotados los diferentes sostenes que utilizaban las chicas más resultonas del barrio, información que obtenía observando detenidamente los tendales, naturalmente
— ¿Sostenes? No entiendo esa palabra.
— Disculpa, la palabra está ligada al pasado. Sostenes es el plural de sostén, un plural con una sonoridad lamentable; hoy lo denominamos sujetador, una palabra relativamente reciente, creo que no fue admitida por la Academia hasta 1987, por la presión del marketing según explicó Lázaro Carreter. Sostén tenía su morbo y también su función, pues eran comunes expresiones como “el padre es el sostén de la familia”, “ la fábrica es el sostén del barrio” o “el Estado es el sostén de la sociedad”
— Entonces se puede decir “el padre es el sujetador de la familia” y “el Estado es el sujetador de la sociedad”, ¿no?
— ¡Exacto!, veo que lo entendiste perfectamente...
De vuelta, ya en el automóvil, mientras cruzaban las viejas vías del tren de la Robla, la forastera, picada por la curiosidad, quiso averiguar por qué la palabra sostén sonaba a morbo. No era extraño, se traduce de cultura a cultura, no de palabra a palabra, y resultaba difícil dilucidar entre sostener y sujetar, más aún tratándose de tetas, y ya, ya se sabe, más de la mitad de la población las tiene, será que los españoles estabais muy reprimidos, quizás, pues eran blancos, de algodón, y vuelta a preguntar por la chica de los pómulos, que no, que no pasó de una anotación en la libreta...
Tender la ropa en Catoira puede ser una actividad de riesgo. De hecho, ya lo es para una familia de esta localidad pontevedresa, cuyas integrantes femeninas se lo van a tener que pensar dos veces antes de volver a colgar sus prendas de ropa al sol. Y es que, según cuentan, hasta en cinco ocasiones les han desaparecido los sujetadores que habían dejado tendidos.
Las primeras piezas que desaparecieron del tendal fueron las pertenecientes a la hija. Al principio, el extraño caso se atribuyó a un despiste, a una pérdida. Pero la teoría del despiste empezó a desvanecerse a medida que aumentaba el número de sostenes desaparecidos (y ya van por cinco). Además, la víctima ya no solo era la hija, sino también la madre.
Rosa Estévez, La voz de Galicia, 13 de enero de 2012
Ya por entonces vislumbraba yo algo que iría quedando cada vez más claro con el correr del tiempo: que no basta con dar un portazo y largarse a la calle para librarse del influjo de otras vidas que inciden en la propia (Carmen Martín Gaite).
viernes, 3 de mayo de 2013
domingo, 30 de diciembre de 2012
Mistela sobre hojuelas
Sí, es cierto, yo estuve allí; probablemente recuerdes que en mitad de la conferencia un tipo se cayó en mitad del pasillo central, el inmediato jolgorio y el conferenciante enmudecido. Aquel tipo tan torpe era yo. Aún estaba fresco el difunto y en aquel afamado teatro de Santander nos vacilaban ya con aquello de la identidad de Cantabria; chavala, seguramente lo recuerdes, que si los cántabros se distinguían por determinadas características antropomórficas, que si ya los griegos hablaron de los cántabros y también los romanos - cómo no- , que no se trataba de una mera autonomía, que se trataba de devolver unas determinadas señas de identidad... Entonces existía una especie de fiebre por desmarcarse de los íberos, por negar la contaminación sanguínea y glosar las glorias de unos supuestos antepasados más o menos excéntricos. La epidemia afectaba a todo el norte de España - los que vendían más que lo que compraban - y los periódicos destacaban los decires de unos y de otros, a los que acabaron llamando nacionalistas. El caso es que me agobié, empecé a pensar que mi sangre procedía de una mezcla entre judía y moruna, que mis rasgos físicos no se acomodaban al canon allí definido y que seguramente aquellos tipos nunca me iban a conceder el certificado racial pertinente, así que me levanté súbito y deslizándome entre las butacas intenté salir de allí con suficiente discreción, pero con tan mala fortuna que tropecé con un paraguas y me caí en mitad del pasillo central. Salí de allí tan corrido que no me quedó otra que dirigirme hacia el “Pepe”, en Río de la Pila, y atizarme una absenta doble, tal como había visto hacer en las películas de sustos y miedos.
No sé, chavala, a la gente le dio por mirar atrás, a recuperar las tradiciones y toda esa monserga, me cuesta entenderlo. Fíjate, me llegó una especie de reportaje gráfico a propósito de santa Eulalia, la santa o una de las santas de mi pueblo, pues también apañan una fiesta con la virgen del Carmen, aunque ya desbarro, desconozco si la tal Eulalia también es una virgen. Sí, claro, ya te hablé de mi pueblo, un pequeño pueblo industrial situado al final de la meseta, dónde empiezan las montañas. Cuando vi las fotos por primera vez, pavor, ganas me dieron de recurrir de nuevo a esa mezcla de ajenjo, hinojo y anís - la santísima trinidad - para mitigar el asombro que me produjeron. No por el fotógrafo, excelente, sino por el contenido. Excelente porque supo relacionar con solvencia la intangibilidad del frío atmosférico - gorros, guantes y bufandas - con la frialdad emocional del evento. Fíjate, sino, en las fotos del interior de la iglesia, más que feligreses parecen viajeros encabronados por el retraso de ese tren que no termina de llegar, clientes de Bankia escuchando las torticeras explicaciones de D. Rodrigo Rato o funcionarios acusados de haber causado el derrumbe económico del país. Impresiona el claroscuro de las cuatro mujeres - gesto duro y recio - en el banco de la iglesia soportando contraídas el frío y, tal vez, el sermón del oficiante. Cuatro figuras que emergen desde la oscuridad, las manos caídas sobre el regazo y ese aire de resignación pétrea en sus rostros, los rayos de sol que avanzan de izquierda a derecha enfatizan la composición iluminando parcialmente sus cabezas y los pliegues de sus abrigos. El marrón pardusco de uno de ellos contrasta dramáticamente con la luz dorada que baña sus cabezas. Tiene algo de contrarreforma, de Barroco español; la mujer de la derecha, con su mirada casi torva, con el ceño fruncido y los labios apretados, simula un personaje velazqueño.
Y aquí, en esta foto, ya ves, medio centenar de personas subiendo la cuesta hacia la iglesia de Santa Eulalia tras la imagen de la santa. Destellos de sol entre el gris opaco y transparente de un frío polar, nieve resplandeciente al borde del asfalto. En la cabecera, los albados, unos con casulla roja, otros con estola, todos cingulados. Caminan contritos, sin levantar la vista. Al fondo, la dispersión cromática en los silos de la fábrica esboza una mueca, quizás un guiño, un sarcasmo de espejo hiperbólico. Es una procesión, sí, no cabe duda. Es curioso, siempre que veo una procesión recuerdo aquellos renglones de Blanco Whyte, en los que narraba la epidemia de fiebre amarilla en Sevilla, allá por el 1800; decía que los sevillanos, haciendo caso omiso a los cirujanos, decidieron salir en procesión y rogar a Dios, no se bien si por sus pecados o por sus hipotecas, el caso es que todos terminaron contaminados, ¡qué malas son las proximidades!
No, esa es otra iglesia. Parece que transportan la imagen de la santa de una iglesia a otra, con mucho boato, desde luego, supongo que por tradición, tal vez, o por abrir el apetito, qué se yo. Sí, son ya mayores, apenas se ven jóvenes, aunque mira esa niña monaguillo, quizás monaguilla, desconozco si se permite el femenino, hábito blanco, tez pálida y la negra melena negra derrochando gracia sobre su espalda. ¿Crees que tiene edad para entender de qué va todo eso? Bueno, es muy católico, los inician recién nacidos, prohibido consultar. Destacan los que no están, los que yacen arriba en el cementerio, los que se fueron, los que huyeron. Ese penoso avanzar de cuerpos encorvados evidencia la tragedia, el futuro ausente. ¿Qué fue de aquellos que llegaron al pueblo huyendo de la miseria de una posguerra cruel? ¿Qué fue de los anhelos que unos y otros depositaron en sus descendientes? Para ellos sólo el futuro tenía sentido, pues el presente les robó sus esperanzas personales. No miraban hacia atrás, el pasado nunca les ofreció consuelo; proyectaban sus aspiraciones en sus hijos, se acomodaron a todos los cambios, evolucionaron aún a su pesar. Ellos ya no están, eran sabios, conocían perfectamente lo que significaba el retorno a las tradiciones, el permitir que los purpurados conduzcan el rebaño, lo sabían, chocolate con picatostes para los tonsurados, hojuelas con mistela para el pueblo llano.
Esta foto me gusta más, ya ha terminado la ceremonia, caras risueñas, algún rayo de sol, fibras artificiales y pieles de relumbrón - cuídate de los viejos amores de la adolescencia -, sin tiempo para el qué bien te veo, no se nota cómo paso el tiempo, mira, mi padre ya nos dejó, recuerdos para tu hermana, corre, corre que se terminan las hojuelas, y otra vez al retrato, con el papel aceitoso, hasta un antiguo prócer, ese de la sintética azul, exhibiendo la bolsa de papel moteada con zumo de olivas, chavala, no te lo vas a creer, ese tipo era el Presidente de la Comunidad Autónoma. En los vasos de plástico, mistela, imposible de catar en una fotografía, pero inmediata en los recuerdos. Me sabe a puñetera adolescencia, dulzona y cabezona, la recuerdo con horror. Lo que no entiendo es la combinación de hojuelas con mistela; es verdad, las hojuelas producen un tránsito difícil - hablo de la garganta no del posteriori -, un a modo de bola harinosa, y la mistela, un difícil tránsito entre el sopor empalagoso y la empalagosa prima de riesgo, algo así como despertarse en medio de una crisis económica pilotada por el inefable Don Mariano.
Más difícil de entender, si cabe, la combinación procesión, hojuelas y mistela. ¿Otra santísima trinidad?, ¿apego a las viejas tradiciones?, ¿una disculpa?, ¿una reivindicación del XIX?, ¿también comían hojuelas los antiguos cántabros? Y de nuevo ese runrún, esa especie de vacío en el estómago, ese malestar en la entrepierna...Siempre que me pregunto si los defraudadores fiscales acuden a las procesiones experimento el mismo malestar, nada grave, pero muy incómodo, es como un desarreglo tripero, vamos, algo así como que un empacho de hojuelas con mistela.
Sí, tal como te lo cuento, empiezan a tontear con la tradición y terminan votando conservador. ¿De verdad crees que lo mismo sucedió en el resto del país? Tal vez, aunque me parece un tanto exagerado, se nota la lejanía de ese país de súbitos amaneceres. En realidad no sé qué contestarte, aunque después de ver la foto de Cospedal y Saénz de Santamaría en el Vaticano, una con mantilla española y la otra con velo negro, estoy por darte la razón.
Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano».
Viejas historias de Castilla la Vieja. Miguel Delibes
Nota: ¿Horejuelas, orejuelas, hojuelas? Sin duda, hojuelas es lo correcto. Tanto horejuela, como orejuela, aparecen en distintas fuentes, pero son incorrectas. Ya no cabe apelar a la tradición, tan sólo al diccionario.
No sé, chavala, a la gente le dio por mirar atrás, a recuperar las tradiciones y toda esa monserga, me cuesta entenderlo. Fíjate, me llegó una especie de reportaje gráfico a propósito de santa Eulalia, la santa o una de las santas de mi pueblo, pues también apañan una fiesta con la virgen del Carmen, aunque ya desbarro, desconozco si la tal Eulalia también es una virgen. Sí, claro, ya te hablé de mi pueblo, un pequeño pueblo industrial situado al final de la meseta, dónde empiezan las montañas. Cuando vi las fotos por primera vez, pavor, ganas me dieron de recurrir de nuevo a esa mezcla de ajenjo, hinojo y anís - la santísima trinidad - para mitigar el asombro que me produjeron. No por el fotógrafo, excelente, sino por el contenido. Excelente porque supo relacionar con solvencia la intangibilidad del frío atmosférico - gorros, guantes y bufandas - con la frialdad emocional del evento. Fíjate, sino, en las fotos del interior de la iglesia, más que feligreses parecen viajeros encabronados por el retraso de ese tren que no termina de llegar, clientes de Bankia escuchando las torticeras explicaciones de D. Rodrigo Rato o funcionarios acusados de haber causado el derrumbe económico del país. Impresiona el claroscuro de las cuatro mujeres - gesto duro y recio - en el banco de la iglesia soportando contraídas el frío y, tal vez, el sermón del oficiante. Cuatro figuras que emergen desde la oscuridad, las manos caídas sobre el regazo y ese aire de resignación pétrea en sus rostros, los rayos de sol que avanzan de izquierda a derecha enfatizan la composición iluminando parcialmente sus cabezas y los pliegues de sus abrigos. El marrón pardusco de uno de ellos contrasta dramáticamente con la luz dorada que baña sus cabezas. Tiene algo de contrarreforma, de Barroco español; la mujer de la derecha, con su mirada casi torva, con el ceño fruncido y los labios apretados, simula un personaje velazqueño.
Y aquí, en esta foto, ya ves, medio centenar de personas subiendo la cuesta hacia la iglesia de Santa Eulalia tras la imagen de la santa. Destellos de sol entre el gris opaco y transparente de un frío polar, nieve resplandeciente al borde del asfalto. En la cabecera, los albados, unos con casulla roja, otros con estola, todos cingulados. Caminan contritos, sin levantar la vista. Al fondo, la dispersión cromática en los silos de la fábrica esboza una mueca, quizás un guiño, un sarcasmo de espejo hiperbólico. Es una procesión, sí, no cabe duda. Es curioso, siempre que veo una procesión recuerdo aquellos renglones de Blanco Whyte, en los que narraba la epidemia de fiebre amarilla en Sevilla, allá por el 1800; decía que los sevillanos, haciendo caso omiso a los cirujanos, decidieron salir en procesión y rogar a Dios, no se bien si por sus pecados o por sus hipotecas, el caso es que todos terminaron contaminados, ¡qué malas son las proximidades!
No, esa es otra iglesia. Parece que transportan la imagen de la santa de una iglesia a otra, con mucho boato, desde luego, supongo que por tradición, tal vez, o por abrir el apetito, qué se yo. Sí, son ya mayores, apenas se ven jóvenes, aunque mira esa niña monaguillo, quizás monaguilla, desconozco si se permite el femenino, hábito blanco, tez pálida y la negra melena negra derrochando gracia sobre su espalda. ¿Crees que tiene edad para entender de qué va todo eso? Bueno, es muy católico, los inician recién nacidos, prohibido consultar. Destacan los que no están, los que yacen arriba en el cementerio, los que se fueron, los que huyeron. Ese penoso avanzar de cuerpos encorvados evidencia la tragedia, el futuro ausente. ¿Qué fue de aquellos que llegaron al pueblo huyendo de la miseria de una posguerra cruel? ¿Qué fue de los anhelos que unos y otros depositaron en sus descendientes? Para ellos sólo el futuro tenía sentido, pues el presente les robó sus esperanzas personales. No miraban hacia atrás, el pasado nunca les ofreció consuelo; proyectaban sus aspiraciones en sus hijos, se acomodaron a todos los cambios, evolucionaron aún a su pesar. Ellos ya no están, eran sabios, conocían perfectamente lo que significaba el retorno a las tradiciones, el permitir que los purpurados conduzcan el rebaño, lo sabían, chocolate con picatostes para los tonsurados, hojuelas con mistela para el pueblo llano.
Esta foto me gusta más, ya ha terminado la ceremonia, caras risueñas, algún rayo de sol, fibras artificiales y pieles de relumbrón - cuídate de los viejos amores de la adolescencia -, sin tiempo para el qué bien te veo, no se nota cómo paso el tiempo, mira, mi padre ya nos dejó, recuerdos para tu hermana, corre, corre que se terminan las hojuelas, y otra vez al retrato, con el papel aceitoso, hasta un antiguo prócer, ese de la sintética azul, exhibiendo la bolsa de papel moteada con zumo de olivas, chavala, no te lo vas a creer, ese tipo era el Presidente de la Comunidad Autónoma. En los vasos de plástico, mistela, imposible de catar en una fotografía, pero inmediata en los recuerdos. Me sabe a puñetera adolescencia, dulzona y cabezona, la recuerdo con horror. Lo que no entiendo es la combinación de hojuelas con mistela; es verdad, las hojuelas producen un tránsito difícil - hablo de la garganta no del posteriori -, un a modo de bola harinosa, y la mistela, un difícil tránsito entre el sopor empalagoso y la empalagosa prima de riesgo, algo así como despertarse en medio de una crisis económica pilotada por el inefable Don Mariano.
Más difícil de entender, si cabe, la combinación procesión, hojuelas y mistela. ¿Otra santísima trinidad?, ¿apego a las viejas tradiciones?, ¿una disculpa?, ¿una reivindicación del XIX?, ¿también comían hojuelas los antiguos cántabros? Y de nuevo ese runrún, esa especie de vacío en el estómago, ese malestar en la entrepierna...Siempre que me pregunto si los defraudadores fiscales acuden a las procesiones experimento el mismo malestar, nada grave, pero muy incómodo, es como un desarreglo tripero, vamos, algo así como que un empacho de hojuelas con mistela.
Sí, tal como te lo cuento, empiezan a tontear con la tradición y terminan votando conservador. ¿De verdad crees que lo mismo sucedió en el resto del país? Tal vez, aunque me parece un tanto exagerado, se nota la lejanía de ese país de súbitos amaneceres. En realidad no sé qué contestarte, aunque después de ver la foto de Cospedal y Saénz de Santamaría en el Vaticano, una con mantilla española y la otra con velo negro, estoy por darte la razón.
Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano».
Viejas historias de Castilla la Vieja. Miguel Delibes
Nota: ¿Horejuelas, orejuelas, hojuelas? Sin duda, hojuelas es lo correcto. Tanto horejuela, como orejuela, aparecen en distintas fuentes, pero son incorrectas. Ya no cabe apelar a la tradición, tan sólo al diccionario.
domingo, 23 de diciembre de 2012
Adiós, María Teresa
Adiós, María Teresa. Hoy, enmarcados entre nubarrones, se atisban pedazos del cielo azul de Madrid, pedazos de un azul luminoso, destellos que nos inundarían de alegría si no fuese por estos tiempos tan turbios. De vuelta a casa, mientras pisaba las hojas con las que el otoño almohadilló el camino, pensé en ti. Aún tenía esperanzas, pensarás que soy un ingenuo, quizás tan sólo me obligaba a tener esperanzas, no lo sé, el caso es que me sentía optimista y veía a tu padre sonreír como en los viejos tiempos, como cuando intercambiábamos nuestras cuitas de padres primerizos.
Me llamó un compañero, llegó el momento - me dijo - , ya sabes cómo se dan estas noticias, la información llega con voz grave, con silencios prolongados, como si enmudeciésemos entrecortadamente. Me senté en la silla despacio, pensé en tu padre y noté cómo se me desgarraba el alma, sentí como se reblandecían los recuerdos, cómo huían las imágenes felices.
Adiós, María Teresa. Subiré a Bustarviejo para despedirme de ti. Desconozco dónde termina tu viaje, qué caminos seguirás, qué reencuentros te esperan. Espero que tu viaje sea más afortunado que el que aquí hiciste, que no termine tan brúscamente, que discurra con placidez y que encuentres gentes que te hagan olvidar el estúpido mundo que dejas.
Sí, es lamentable, aquí sólo quedamos los idiotas. Los que discuten acerca de lo que sucedió aquella aciaga noche en el Madrid-Arena, los que echan la culpa a los otros, los que disimulan, los que otorgaron favores a cambio de prebendas económicas, los que frivolizaron tu vida en la prensa para hacer un favor a los que mandan, los que votaron a los que mandan, los que no votaron.
Adiós, María Teresa. No mires atrás, no merece la pena. Me duele ver a tus padres contemplando cómo te alejas. No mires atrás. Aquí sólo yace el vacío y algunos que piensan - infelices - que están viviendo. No, no mires atrás.
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
En el principio. Blas de Otero
Me llamó un compañero, llegó el momento - me dijo - , ya sabes cómo se dan estas noticias, la información llega con voz grave, con silencios prolongados, como si enmudeciésemos entrecortadamente. Me senté en la silla despacio, pensé en tu padre y noté cómo se me desgarraba el alma, sentí como se reblandecían los recuerdos, cómo huían las imágenes felices.
Adiós, María Teresa. Subiré a Bustarviejo para despedirme de ti. Desconozco dónde termina tu viaje, qué caminos seguirás, qué reencuentros te esperan. Espero que tu viaje sea más afortunado que el que aquí hiciste, que no termine tan brúscamente, que discurra con placidez y que encuentres gentes que te hagan olvidar el estúpido mundo que dejas.
Sí, es lamentable, aquí sólo quedamos los idiotas. Los que discuten acerca de lo que sucedió aquella aciaga noche en el Madrid-Arena, los que echan la culpa a los otros, los que disimulan, los que otorgaron favores a cambio de prebendas económicas, los que frivolizaron tu vida en la prensa para hacer un favor a los que mandan, los que votaron a los que mandan, los que no votaron.
Adiós, María Teresa. No mires atrás, no merece la pena. Me duele ver a tus padres contemplando cómo te alejas. No mires atrás. Aquí sólo yace el vacío y algunos que piensan - infelices - que están viviendo. No, no mires atrás.
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
En el principio. Blas de Otero
viernes, 10 de agosto de 2012
Homeopatía
Siempre que paso delante de ese escaparate me acuerdo de Paola, la mujer del comisario Brunetti. Una mujer singular, sin duda, no sólo por su pasión por Henry James, su devoción por la cocina, por el tinto cavernet, sino también por su comedido mal genio. Se indigna fácilmente - en Italia es difícil vivir sin indignarse - y expresa su indignación de mil formas diferentes. En "El peor remedio" Donna León relata como Paola, terriblemente indignada por un turbio asunto de turismo sexual, apedrea el escaparate de una agencia de viajes especializada en el sudeste asiático.
También en España es fácil indignarse, basta con hojear la prensa. El fraude, el engaño, la estafa, el abuso... campan por doquier, sin freno alguno. No obstante, existen ciertas actividades que a base de eufemismos y marketing aparentan ser científicas y, por ende, honradas. Así sucede con ese establecimiento de productos homeopáticos, situado en una esquina de mi barrio, en cuyo escaparate - letras blancas sobre fondo azul - se ofrecen tratamientos para todo tipo de cáncer, tratamientos avalados por una efectividad del 75 por cien - letra roja más pequeña - y, más difícil aún, sin dañar el organismo tal como hace la medicina convencional - letras amarillas-. Sorprendentemente, en ese establecimiento entran clientes. Cualquier día de estos llenaré mi mochila de piedras y, en honor a Paola...
Tropecé con la homeopatía por culpa de una palabreja que irrumpió sin avisar en un determinado workshop. Preparábamos una disolución, ya saben, unos centímetros cúbicos de soluto sobre una cierta cantidad de agua, agitar y seguir añadiendo agua hasta el aforo del matraz. En mitad de la tarea, alguien sugirió que, en vez de agitar, sucucionásemos la disolución. Me quedé pasmado, nunca había oído tal expresión, así que pregunté al alborotador - bata blanca y corbata - cómo se sucucionaba una disolución. Y el encorbatado, contemplándonos por encima del hombro por mor de nuestra ignorancia, respondió flemáticamente: “Es sencillo, se sacude el matraz diez veces de izquierda a derecha, otras diez veces de arriba abajo y diez veces más desde delante hacia atrás”. Ante nuestro estupor, el encorbatado, engolando la voz, prosiguió: “ Me formé en un laboratorio homeomático”. Enmudecimos, y como el silencio incomodaba, me atreví a preguntarle qué ventajas aportaba la sucución sobre la convencional agitación; la respuesta fue inmediata: “ De esta forma se traslada el espíritu del soluto a la disolución”.
Me indigné. Nunca he creído en el Espíritu Santo, y en ningún otro espíritu, así que a estas alturas de la vida empezar a pensar en el espíritu del cloruro de mercurio es como para cortarse las venas. Inevitablemente, en ese mismo instante, nuestra colaboración se terminó, lo siento por la universidad mejicana que le envió. De vuelta a casa, en el cotidiano atasco, pensé en Paracelso, pues este individuo recetaba cloruro de mercurio a sus pacientes, eso sí, en pequeñas dosis, pues el cloruro de mercurio es extremadamente venenoso. Desconozco si Paracelso agitaba o sucucionaba el matraz, una duda estúpida, de una u otra forma envenenaba a sus pacientes.
Claro está, los homeópatas no tienen nada que ver con Paracelso, afortunadamente. Sus disoluciones están, no solo sucucionadas, sino extremadamente diluidas. Y este es el problema, no la agitación específica del matraz, una broma sonrojante, sino la cantidad de soluto, de agente activo, presente en una disolución “atenuada”. Por supuesto, ellos no utilizan el Sistema Internacional de Unidades, faltaría más, pero no es difícil entender el porqué. Prefieren hablar en términos de tantas partes de sustancia activa en tantas partes de disolvente, que abreviadamente representan, en general, por “nC”; así, 4C significa una parte de sustancia activa en cien millones de partes de disolvente, es decir, poco más que nada. No es difícil calcular que en una preparación 11C apenas contiene un par de moléculas de la sustancia activa, con lo que el preparado homeopático no lleva más que relleno: cafeína, lactosa, alcohol... Sirva como ejemplo el natrium muriaticum D6, un preparado homeopático indicado, según se informa en el prospecto, para la depresión, debilidad general, astenia, aversión sexual a la mujer, relación sexual dolorosa, deseo por la comida salada, pérdida de peso a pesar de buen apetito y pérdida de olfato; aparte de los excipientes, el agente activo es cloruro de sodio, la vulgar sal de cocina, con una concentración D6. Esta nomenclatura se corresponde con 3C, es decir, una parte de sal en un millón de partes de agua, o sea, agua destilada con un “nanopellizco” de sal; eso sí, me consta que la disolución ha sido sucucionada, tenemos la certeza de que el espíritu del cloruro de sodio reposa en la solución. ¡Manda huevos!. No se preocupe Vd., aunque la posología indica 2 comprimidos cada 8 horas, si sentía aversión por Doña Esperanza Aguirre, seguirá Vd. con la misma sensación, incluso con sobredosis.
Leo en la prensa que han sido detenidos dos jornaleros por el asalto a un supermercado de Écija. Si bien es sabido que se trataba de un mero acto simbólico y que los alimentos sustraídos eran para familias necesitadas, nuestras autoridades, al parecer, consideran que realizaron un robo con violencia. No se cómo calificaran tales autoridades la venta fraudulenta de productos homeopáticos, productos que únicamente contienen excipientes y el “espíritu” de una sustancia activa; venta, por otra parte, que se hace aprovechándose de la buena fe de las personas, de situaciones de calamidad o de temor. Para mí es, simple y llanamente, un robo, un engaño, un abuso...
Lo que no se calificar es el reciente comentario de nuestra inefable Ministra de Sanidad, Doña Ana Mato - la que no vio el jaguar de su marido en el garaje -, recomendándonos la medicina natural para ahorrar. Aporto su disquisición: “Sacaremos del vademecum medicamentos de escaso valor terapéutico que se pueden sustituir con alguna cosa natural”. Es evidente que a esta individua le sucucionaron el cerebro.
- Entonces te dije que eso estaba mal y que había que pararles los pies - prosiguió Paola.
- ¿Y tú crees poder parárselos?
- Sí -respondió ella y, sin darle tiempo a discutir o contradecir su afirmación, prosiguió-: Yo sola no, ni aquí en Venecia, rompiendo la luna del escaparate de una agencia de viajes de “campo” Manin. Pero si todas las mujeres de Italia salieran a la calle de noche y rompieran a pedradas los escaparates de todas las agencias de viajes que organizan “sex-tours”, al cabo de poco tiempo, dejarían de organizase “sex-tours” en Italia, ¿o no?
- ¿Es una pregunta real o puramente retórica?
- Me parece que es una pregunta real -dijo ella.
El peor remedio. Donna León
miércoles, 11 de julio de 2012
Funcionarios
Soy funcionario, nivel A, sí, olvide esa media sonrisa, no pienso pedir disculpas por ello, en realidad me importa un comino lo que Vd. piense, desgraciadamente no todo el mundo esta capacitado para pensar. Es más, me siento orgulloso por ello. ¿Sabe por qué?, pues porque no le debo favores a nadie. Fue simple, un buen día me vine a Madrid y, tras superar una serie de exámenes, gané una oposición. No, no se preocupe, no le voy a pasar la factura por los gastos que me ocasionó aquel mes de estancia en Madrid, ni por las horas de trabajo no remunerado que me llevó preparar la oposición, ni por las angustias, las dudas y demás, todo aquello ya lo olvidé, agua pasada. Fue sencillo, no fue necesario recurrir a amiguetes, ni a padrinos, ni al tío Cardenal o al suegro General, tan sólo a mis conocimientos. Así que no debo favores, esto es preferible a no deber dinero al Banco, y, en la medida que no debo favores, soy libre, para pensar, para opinar, incluso para mandarle a Vd. a tomar por el culo.
Sí, por supuesto, me tomo el cafelito y leo la prensa, varios periódicos en ocasiones. Es más, acostumbro a tomar el café con trabajadores del Banco de Santander, de Mafre o Bankia, trabajan en las inmediaciones; pues sí, no haga gestos de extrañeza, los no funcionarios también toman café, incluso orinan y defecan - al igual que los funcionarios - en plena jornada de trabajo. Le diré más, por el tipo de trabajo que realizo, algunos días trabajo desde casa - ya sabe, basta conectar el ordenador - y otros no voy hasta las doce al trabajo, todo un lujo, sobre todo si es Vd. el que lo juzga. Lo que no le cuento, ni me molesto, es cuándo finaliza la jornada, por la sencilla razón de que no finaliza; tampoco le voy a hablar, sobre todo por no ver sus gestos, de los fines de semana trabajando, de los famosos puentes, que también me pasé trabajando, de determinadas vacaciones que volaron, incluso de las noches que me levanté desvelado porque los resultados de mi trabajo no eran los deseables. Como aquí no existen las horas extras, algunos días llego tarde, porque quiero y porque me da la gana; incluso, si estuve trabajando hasta las tantas, me permito el lujo de estar de mal humor y no ser suficientemente cortés, es natural, como a cualquier trabajador, incluidos los no funcionarios, de vez en cuando también me duelen las pelotas.
Cobro un buen sueldo, cobraba más bien, después de tanto recorte ha quedado sensiblemente mermado. No me agobio, si han de recortar qué le vamos a hacer. No es que esté de acuerdo, sospecho que existen procedimientos más racionales para arreglar el desaguisado económico del país, pero me aguanto. Bastaba con esto, punto y final. Pero no, al parecer no les bastaba con bajarnos el sueldo, además era preciso desprestigiarnos, así que estos individuos, pongamos el tal Beteta de los cullons, orquestaron tal campaña de desprestigio en los medios de comunicación afines, amén de los palmeros correspondientes, como Vd. mismo, que me siento humillado, vilipendiado y, lo que es peor, enculado. Sí, sí, le puedo poner nombres y apellidos, ahí tiene a la Presidenta-Chulapa, Doña Espe, que dijo que los profesores sólo trabajaban dieciocho horas a la semana; al ínclito Beteta, el de los cafelitos, un tipo que únicamente ha “trabajado” en cargos políticos...pero en fin, Vd., que es tonto de baba, también opina que los funcionarios son unos vagos, que les enchufó el primo... No se qué hago explicándoselo, para que Vd. comprenda algo tan elemental es preciso que sus neuronas entren en resonancia y eso requiere toda la energía del universo, un suceso imposible.
Seguramente Vd. es uno de esos primos que entró al trapo en eso que el Estado gasta mucho. Pues no, señor enterado, seguramente gasta mal, eso es evidente, pero no mucho, compare las cifras con las de otros países. Lo que no hace, y aquí todos calladitos, es recaudar. El nivel de recaudación de este país es paupérrimo, con una maldad añadida, prácticamente el 80% de lo recaudado procede de las nóminas; el capital, qué le voy a decir, está prácticamente exento de pagar impuestos. Imagínese, no se preocupe, usar la inteligencia no provoca dolor de espalda, si durante los años de bonanza todos los españoles hubiesen pagado los impuestos que les correspondían ahora no tendríamos deudas. No hace falta que le cuente a cuánto asciende el nivel de fraude fiscal del país, está en todos los medios. Es por esto que el inefable Don Mariano decidió premiar a los defraudadores - ahí está esa amnistía fiscal - y castigar a los cumplidores. Y les premia porque gracias a ellos ( y algún que otro gañán) ocupa el lugar que ocupa, la Presidencia del Estado. ¡Un crack!
Y nada más, ya me tiene Vd. un poco harto; no obstante, le diré cuáles son mis planes de futuro. Sencillo: no gastar. ¿Cómo?, más simple aún, utilizando los servicios públicos, que para eso están. Nada de colegios, ni clínicas concertadas, tanto los médicos de la Seguridad Social, como los profesores de los Colegios Públicos son excelentes profesionales y, además, no lo olvide, no deben favores a nadie; ¿la cultura?, en las bibliotecas públicas, son magníficas; ¿las vacaciones?, son prescindibles, un imperativo comercial; ¿la compra diaria?, en Mercadona, nada de productos sofisticados; ¿las cenas con los amigos?, en casa, por supuesto; ¿el cafelito?, ...en el termo, naturalmente.
Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del ministro al representante de Rothschild o de otra opulenta casa española o extranjera, pensaba cuán útil sería ahorcar a todos aquellos señores que no iban allí sino a tramar algún enjuague. Estas ideas y otras semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no se daba a partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: «Mucha administración y poca o ninguna política.» Guerra a los grandes negocios, guerra al agio y guerra también a los extranjeros, que no vienen aquí más que a explotarnos y a llevarse el cumquibus, dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la protección a la industria de extranjis.
Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar las defraudaciones y el turno pacífico o violento en el saqueo de la Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres o cuatro, pero profundamente incrustadas en su “intellectus”, como si se las hubieran metido a mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los planes del ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.
Miau, 1888. Benito Pérez Galdós
Sí, por supuesto, me tomo el cafelito y leo la prensa, varios periódicos en ocasiones. Es más, acostumbro a tomar el café con trabajadores del Banco de Santander, de Mafre o Bankia, trabajan en las inmediaciones; pues sí, no haga gestos de extrañeza, los no funcionarios también toman café, incluso orinan y defecan - al igual que los funcionarios - en plena jornada de trabajo. Le diré más, por el tipo de trabajo que realizo, algunos días trabajo desde casa - ya sabe, basta conectar el ordenador - y otros no voy hasta las doce al trabajo, todo un lujo, sobre todo si es Vd. el que lo juzga. Lo que no le cuento, ni me molesto, es cuándo finaliza la jornada, por la sencilla razón de que no finaliza; tampoco le voy a hablar, sobre todo por no ver sus gestos, de los fines de semana trabajando, de los famosos puentes, que también me pasé trabajando, de determinadas vacaciones que volaron, incluso de las noches que me levanté desvelado porque los resultados de mi trabajo no eran los deseables. Como aquí no existen las horas extras, algunos días llego tarde, porque quiero y porque me da la gana; incluso, si estuve trabajando hasta las tantas, me permito el lujo de estar de mal humor y no ser suficientemente cortés, es natural, como a cualquier trabajador, incluidos los no funcionarios, de vez en cuando también me duelen las pelotas.
Cobro un buen sueldo, cobraba más bien, después de tanto recorte ha quedado sensiblemente mermado. No me agobio, si han de recortar qué le vamos a hacer. No es que esté de acuerdo, sospecho que existen procedimientos más racionales para arreglar el desaguisado económico del país, pero me aguanto. Bastaba con esto, punto y final. Pero no, al parecer no les bastaba con bajarnos el sueldo, además era preciso desprestigiarnos, así que estos individuos, pongamos el tal Beteta de los cullons, orquestaron tal campaña de desprestigio en los medios de comunicación afines, amén de los palmeros correspondientes, como Vd. mismo, que me siento humillado, vilipendiado y, lo que es peor, enculado. Sí, sí, le puedo poner nombres y apellidos, ahí tiene a la Presidenta-Chulapa, Doña Espe, que dijo que los profesores sólo trabajaban dieciocho horas a la semana; al ínclito Beteta, el de los cafelitos, un tipo que únicamente ha “trabajado” en cargos políticos...pero en fin, Vd., que es tonto de baba, también opina que los funcionarios son unos vagos, que les enchufó el primo... No se qué hago explicándoselo, para que Vd. comprenda algo tan elemental es preciso que sus neuronas entren en resonancia y eso requiere toda la energía del universo, un suceso imposible.
Seguramente Vd. es uno de esos primos que entró al trapo en eso que el Estado gasta mucho. Pues no, señor enterado, seguramente gasta mal, eso es evidente, pero no mucho, compare las cifras con las de otros países. Lo que no hace, y aquí todos calladitos, es recaudar. El nivel de recaudación de este país es paupérrimo, con una maldad añadida, prácticamente el 80% de lo recaudado procede de las nóminas; el capital, qué le voy a decir, está prácticamente exento de pagar impuestos. Imagínese, no se preocupe, usar la inteligencia no provoca dolor de espalda, si durante los años de bonanza todos los españoles hubiesen pagado los impuestos que les correspondían ahora no tendríamos deudas. No hace falta que le cuente a cuánto asciende el nivel de fraude fiscal del país, está en todos los medios. Es por esto que el inefable Don Mariano decidió premiar a los defraudadores - ahí está esa amnistía fiscal - y castigar a los cumplidores. Y les premia porque gracias a ellos ( y algún que otro gañán) ocupa el lugar que ocupa, la Presidencia del Estado. ¡Un crack!
Y nada más, ya me tiene Vd. un poco harto; no obstante, le diré cuáles son mis planes de futuro. Sencillo: no gastar. ¿Cómo?, más simple aún, utilizando los servicios públicos, que para eso están. Nada de colegios, ni clínicas concertadas, tanto los médicos de la Seguridad Social, como los profesores de los Colegios Públicos son excelentes profesionales y, además, no lo olvide, no deben favores a nadie; ¿la cultura?, en las bibliotecas públicas, son magníficas; ¿las vacaciones?, son prescindibles, un imperativo comercial; ¿la compra diaria?, en Mercadona, nada de productos sofisticados; ¿las cenas con los amigos?, en casa, por supuesto; ¿el cafelito?, ...en el termo, naturalmente.
Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del ministro al representante de Rothschild o de otra opulenta casa española o extranjera, pensaba cuán útil sería ahorcar a todos aquellos señores que no iban allí sino a tramar algún enjuague. Estas ideas y otras semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no se daba a partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: «Mucha administración y poca o ninguna política.» Guerra a los grandes negocios, guerra al agio y guerra también a los extranjeros, que no vienen aquí más que a explotarnos y a llevarse el cumquibus, dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la protección a la industria de extranjis.
Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar las defraudaciones y el turno pacífico o violento en el saqueo de la Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres o cuatro, pero profundamente incrustadas en su “intellectus”, como si se las hubieran metido a mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los planes del ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.
Miau, 1888. Benito Pérez Galdós
sábado, 10 de marzo de 2012
INSERSO
Ciertamente, nunca había visto a Jorge Ariza tan enfadado. Quizás, en el café, entre risa y risa, había dejado caer algún comentario a propósito, pero comedido, sin estridencias. Sabía que apenas tenía relación con su familia política, aunque tampoco se puede decir que se habían distanciado, pues nunca existió proximidad alguna. Le había oído contar que vivían en algún lugar al norte de León. Castellanos viejos decía, un eufemismo amable, un mirar hacia otro sitio para eludir la realidad. Fíjate - me contaba - , van al consultorio médico para leer la prensa gratis, y allí montan sus tertulias, a gritos, oigan o no oigan, hasta que sale Doña Nieves, la médico, y los echa con cajas destempladas. Se van indignados, qué vergüenza de país, ni prensa ni calefacción gratis, y encima esta medicucha que nos tocó, sí, me vais contar a mí, esta es de la ESO y no sabe hacer la “o” con un canuto...
Salía del María Guerrero, “Luces de Bohemia” acababa de finalizar y él estaba allí, en la puerta, junto a un corrillo de fumadores. Me extrañó no ver a Adela Salazar, su compañera. Me alegré de verle y tras los saludos de rigor convenimos en cenar en un restaurante cercano. Madrid olía a pis y el aire, atiborrado de partículas en suspensión, se masticaba, nuestra inefable Presidenta por recortar, nos ha recortado hasta la lluvia. Adela se fue a Canarias la semana pasada - me contó mientras dábamos cuenta de unos exquisitos corazones de alcachofas- , regalé su entrada a un compañero del trabajo. Resulta que sus padres, ya sabes, esos de León, habían viajado a Tenerife subvencionados por el Inserso y, al poco de llegar, el padre se sintió indispuesto, así que los del hotel le llevaron a un hospital cercano y allí quedó ingresado. Nada grave, pero como la madre ya prácticamente no ve nada y entiende menos, tanto Adela como su hermana se fueron en el primer avión que encontraron.
Es bochornoso - su tono iba aumentando a medida que hablaba -, ¿cómo es posible que los del Inserso no les pidan el historial médico antes de que inicien el viaje? ¿Tú te crees que un tipo de 85 años, con infinidad de episodios cardiovasculares en su historial médico, puede montarse en un avión sin más? ¿Y quién cuidó de la madre mientras tanto? Y encima las dos hermanas faltando al trabajo, pues están las cosas como para estas milongas, ¡joder!. Atacamos el bacalao, exquisito, y pedimos una botella de vino verde, Lisboa siempre en la memoria. Era inevitable, precisamente nos habíamos conocido en Lisboa, hace ya muchos años, poco después de que con “Grândola, vila morena” se iniciase una revolución. Aún seguimos comprando claveles cada 25 de Abril, añorando unos ojos negros junto a una boca imperceptiblemente asimétrica y planeando volver juntos otra vez. A pesar de que ambos visitábamos Lisboa cada dos por tres, nunca volvimos a coincidir allí.
Lo tienen bien montado, pues no sólo llenan los hoteles con los jubilados, también con los familiares que por unas razones y otras terminan viajando allí para rescatarlos - volvió sobre el mismo tema en los postres -. Y esto lo pagamos todos, no te creas, sus viajes, sus hoteles, sus menús, sus medicamentos gratuitos...Pero hay más, el castellano está en una de esas clínicas concertadas, ya sabes como funciona eso, no tienen ninguna prisa en darle el alta (y él tampoco). Esta historia se habría arreglado con un par de días de ingreso, pero lo van a tener allí un par de semanas...¡al tiempo!. Cada vez estaba más irritado, tenso, incluso descontrolado, era evidente que la situación le superaba. Era una cuestión recurrente, qué hacer con los padres cuando éstos no se avienen a soluciones que satisfagan a todos. Castellanos viejos, empecé a entender porque Jorge utilizaba esta expresión.
El desencuentro comenzó hace muchos años, incapaces de entender que el mundo que conocían se derrumbaba estrepitosamente sucumbieron a una ruptura generacional que les alejó de sus hijos, un camino sin retorno. Optaron por imponer, pesaba más el qué dirán, y se olvidaron de la necesidad de evolucionar, de adaptarse a los nuevos tiempos. Invocaron deberes hacia los padres, pero olvidaron que los hijos ya no son fuerza de trabajo, ni una contribución económica a la familia, que las hijas no son sus criadas, que lo de los lazos de sangre es un dislate y que para merecer consideración es preciso haber considerado. Seguramente resultó cómodo cerrar los ojos y no percibir los cambios, pero no, no fue comodidad, tan sólo idiotez. Castellanos viejos.
La noche invitaba a pasear, es duro maldecir de los mayores, pensar en lo que pudo ser y no es por la terquedad o la ignorancia de unos padres encerrados en su particular egoísmo. Cerca de Huertas nos sorprendió una multitud que hacía cola a lo largo de la calle de Jesús. Un jubilado nos contó que habían venido desde Valladolid con el Inserso y estaban allí, la una de la madrugada, esperando que abrieran la Basílica y ser los primeros en besar el pie derecho del Cristo de Medinaceli; al parecer, esta escena se repetía cada primer viernes de marzo. Un poco más abajo, una ambulancia atendía a una anciana desfallecida. ¡Joder con el Inserso! - Jorge no pudo reprimirse - ¿Esto también lo tenemos que pagar todos? ¿Y eso del pie derecho? ¿Por qué no el izquierdo?
Nos despedimos en una parada de taxis. Besos para Adela, lo de Lisboa sigue en pie, ¿no?...Quizás este verano, si nos dejan los castellanos...y el Inserso.
Desde el punto de vista de Walter, no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en estos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalistas siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.
Libertad. Jonathan Franzen
Salía del María Guerrero, “Luces de Bohemia” acababa de finalizar y él estaba allí, en la puerta, junto a un corrillo de fumadores. Me extrañó no ver a Adela Salazar, su compañera. Me alegré de verle y tras los saludos de rigor convenimos en cenar en un restaurante cercano. Madrid olía a pis y el aire, atiborrado de partículas en suspensión, se masticaba, nuestra inefable Presidenta por recortar, nos ha recortado hasta la lluvia. Adela se fue a Canarias la semana pasada - me contó mientras dábamos cuenta de unos exquisitos corazones de alcachofas- , regalé su entrada a un compañero del trabajo. Resulta que sus padres, ya sabes, esos de León, habían viajado a Tenerife subvencionados por el Inserso y, al poco de llegar, el padre se sintió indispuesto, así que los del hotel le llevaron a un hospital cercano y allí quedó ingresado. Nada grave, pero como la madre ya prácticamente no ve nada y entiende menos, tanto Adela como su hermana se fueron en el primer avión que encontraron.
Es bochornoso - su tono iba aumentando a medida que hablaba -, ¿cómo es posible que los del Inserso no les pidan el historial médico antes de que inicien el viaje? ¿Tú te crees que un tipo de 85 años, con infinidad de episodios cardiovasculares en su historial médico, puede montarse en un avión sin más? ¿Y quién cuidó de la madre mientras tanto? Y encima las dos hermanas faltando al trabajo, pues están las cosas como para estas milongas, ¡joder!. Atacamos el bacalao, exquisito, y pedimos una botella de vino verde, Lisboa siempre en la memoria. Era inevitable, precisamente nos habíamos conocido en Lisboa, hace ya muchos años, poco después de que con “Grândola, vila morena” se iniciase una revolución. Aún seguimos comprando claveles cada 25 de Abril, añorando unos ojos negros junto a una boca imperceptiblemente asimétrica y planeando volver juntos otra vez. A pesar de que ambos visitábamos Lisboa cada dos por tres, nunca volvimos a coincidir allí.
Lo tienen bien montado, pues no sólo llenan los hoteles con los jubilados, también con los familiares que por unas razones y otras terminan viajando allí para rescatarlos - volvió sobre el mismo tema en los postres -. Y esto lo pagamos todos, no te creas, sus viajes, sus hoteles, sus menús, sus medicamentos gratuitos...Pero hay más, el castellano está en una de esas clínicas concertadas, ya sabes como funciona eso, no tienen ninguna prisa en darle el alta (y él tampoco). Esta historia se habría arreglado con un par de días de ingreso, pero lo van a tener allí un par de semanas...¡al tiempo!. Cada vez estaba más irritado, tenso, incluso descontrolado, era evidente que la situación le superaba. Era una cuestión recurrente, qué hacer con los padres cuando éstos no se avienen a soluciones que satisfagan a todos. Castellanos viejos, empecé a entender porque Jorge utilizaba esta expresión.
El desencuentro comenzó hace muchos años, incapaces de entender que el mundo que conocían se derrumbaba estrepitosamente sucumbieron a una ruptura generacional que les alejó de sus hijos, un camino sin retorno. Optaron por imponer, pesaba más el qué dirán, y se olvidaron de la necesidad de evolucionar, de adaptarse a los nuevos tiempos. Invocaron deberes hacia los padres, pero olvidaron que los hijos ya no son fuerza de trabajo, ni una contribución económica a la familia, que las hijas no son sus criadas, que lo de los lazos de sangre es un dislate y que para merecer consideración es preciso haber considerado. Seguramente resultó cómodo cerrar los ojos y no percibir los cambios, pero no, no fue comodidad, tan sólo idiotez. Castellanos viejos.
La noche invitaba a pasear, es duro maldecir de los mayores, pensar en lo que pudo ser y no es por la terquedad o la ignorancia de unos padres encerrados en su particular egoísmo. Cerca de Huertas nos sorprendió una multitud que hacía cola a lo largo de la calle de Jesús. Un jubilado nos contó que habían venido desde Valladolid con el Inserso y estaban allí, la una de la madrugada, esperando que abrieran la Basílica y ser los primeros en besar el pie derecho del Cristo de Medinaceli; al parecer, esta escena se repetía cada primer viernes de marzo. Un poco más abajo, una ambulancia atendía a una anciana desfallecida. ¡Joder con el Inserso! - Jorge no pudo reprimirse - ¿Esto también lo tenemos que pagar todos? ¿Y eso del pie derecho? ¿Por qué no el izquierdo?
Nos despedimos en una parada de taxis. Besos para Adela, lo de Lisboa sigue en pie, ¿no?...Quizás este verano, si nos dejan los castellanos...y el Inserso.
Desde el punto de vista de Walter, no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en estos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalistas siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.
Libertad. Jonathan Franzen
domingo, 1 de enero de 2012
Jubilados
Crucé Valladolid y Palencia, camino de Santander, entre niebla y escarcha; a ratos distinguía las choperas perfilando las riberas, fantasmales pueblos con el campanario de la iglesia levitando entre brumas, a ratos no distinguía nada, apenas la soledad de la estapa. En la cumbre de Pozazal los destellos del sol me devolvieron el optimismo, Reinosa resplandecía con un cielo insolentemente azul. Decidí darle gusto al estómago y con un día tan soleado el restaurante del campo de golf de Nestares parecía la elección más adecuada. Un par de manchas blancas en las cumbres, verdes praderías y el sol penetrando a raudales por las cristaleras del restaurante. Espléndido.
De repente los vi, a los jugadores de golf, tan emperifollados ellos, con sus carritos eléctricos, sus palos, sus pelotitas y esa pose de ajenos al común. Los observé con atención, sus movimientos, su forma de caminar. No, no eran jóvenes, se trataba de jubilados, honorables jubilados disfrutando de su inmenso tiempo libre en una mañana cualquiera de diciembre. Jubilados y jubilosos, Don Mariano, nuestro ínclito presidente, les había prometido mantener su poder adquisitivo aun a costa de congelar el salario mínimo interprofesional, de capar funcionarios y encular a la clase media. Como Dios manda. El pastel de cabracho se me atragantó. Por las laderas del Tres Mares se deslizaban espesas brumas, pronto alcanzarían el valle.
Tenía la vieja idea de que ser mayor consistía en hablar del tiempo y hacer una muesca cada vez que uno pasaba por el baño. Estaba equivocado, todo cambió, incluso los jubilados.El poder gris les dicen, pues constituyen un poder fáctico nada desdeñable. Ahora, a su eterna preocupación por la gestión de sus fluidos, añaden la preocupación por sus finanzas, así que constituyen una de las dianas predilectas de las sucursales bancarias repartidas por doquier. No cabe duda, a pesar de las apariencias, que constituyen el estrato social con más poder económico del país.
Son el objetivo fundamental en las campañas electorales, los políticos les reverencian. No es casualidad que los programas dirigidos a las personas mayores hayan escapado de los recortes presupuestarios que afectan a la mayor parte de países, incluyendo el nuestro. Es de justicia, dirán algunos, y probablemente tengan razón, yo me limito a mirar a los jugadores del campo de golf... Seguramente sea justo.
También miré a los camareros del local, todos jóvenes e inexpertos. Cada vez que vengo a este restaurante me encuentro con camareros nuevos, tres meses trabajando y a la calle, no vaya a ser que empiecen a cobrar antigüedad. Lo curioso es que son estos jóvenes los que deben pagar las pensiones de los que juegan al golf, comprar los pisos que quedaron aparcados con el crack inmobiliario e incrementar el índice de natalidad, tan necesario. ¿Alguien pide más?.
Se percibe insolaridad en el voto del poder gris. Para Aristóteles la experiencia de los mayores es sinónimo de desconfianza, de mezquindaz, egoísmo y avaricia. La verdad es que nunca me gustó este tío, pero reconozco que a veces sus apreciaciones son muy certeras. Como ejemplo más inmediato tenemos al Consejo de Administración del Banco de Bilbao, sus directivos han decidido prolongar la edad de jubilación desde los 70 a los 75 años, una imagen que no se corresponde con las incesantes prejubilaciones en la banca.
Por supuesto que existen jubilados que lo están pasando muy mal, sin duda, pero esto también sucede en otros estratos sociales, empezando por el de los jóvenes, y nadie se acuerda de ellos. Esto no es muy exacto, los grupos de presión de los empresarios los recuerdan cada día, con sus fauces babeantes, especialmente cuando hablan de imponer los “mini jobs”.
Al final, con el café, nos alcanzó la niebla, los jubilados estaban ya de retirada. Decidí que ya no tenía sentido llegar hasta Santander, así que me volví hacia Aguilar de Campoo, buscando el paseo de la Cascajera, siempre me ayudó a poner en orden mis ideas. Cené en “El Barón”, Carlos siempre me trata con exquisitez, se lo agradezco. Con el tiempo ha conseguido que su restaurante sea una magnífica referencia.
No sé que nos deparará el 2012, pero después de pasear por la Cascajera he decidido seguir con buen humor, es lo único que no nos pueden recortar.
Uno llegar e incorporarse el día
Dos respirar para subir la cuesta
Tres no jugarse en una sola apuesta
Cuatro escapar de la melancolía
Cinco aprender la nueva geografía
Seis no quedarse nunca sin la siesta
Siete el futuro no será una fiesta
Y ocho no amilanarse todavía
Nueve vaya a saber quién es el fuerte
Diez no dejar que la paciencia ceda
Once cuidarse de la buena suerte
Doce guardar la última moneda
Trece no tutearse con la muerte
Catorce disfrutar mientras se pueda.
Mario Benedetti
De repente los vi, a los jugadores de golf, tan emperifollados ellos, con sus carritos eléctricos, sus palos, sus pelotitas y esa pose de ajenos al común. Los observé con atención, sus movimientos, su forma de caminar. No, no eran jóvenes, se trataba de jubilados, honorables jubilados disfrutando de su inmenso tiempo libre en una mañana cualquiera de diciembre. Jubilados y jubilosos, Don Mariano, nuestro ínclito presidente, les había prometido mantener su poder adquisitivo aun a costa de congelar el salario mínimo interprofesional, de capar funcionarios y encular a la clase media. Como Dios manda. El pastel de cabracho se me atragantó. Por las laderas del Tres Mares se deslizaban espesas brumas, pronto alcanzarían el valle.
Tenía la vieja idea de que ser mayor consistía en hablar del tiempo y hacer una muesca cada vez que uno pasaba por el baño. Estaba equivocado, todo cambió, incluso los jubilados.El poder gris les dicen, pues constituyen un poder fáctico nada desdeñable. Ahora, a su eterna preocupación por la gestión de sus fluidos, añaden la preocupación por sus finanzas, así que constituyen una de las dianas predilectas de las sucursales bancarias repartidas por doquier. No cabe duda, a pesar de las apariencias, que constituyen el estrato social con más poder económico del país.
Son el objetivo fundamental en las campañas electorales, los políticos les reverencian. No es casualidad que los programas dirigidos a las personas mayores hayan escapado de los recortes presupuestarios que afectan a la mayor parte de países, incluyendo el nuestro. Es de justicia, dirán algunos, y probablemente tengan razón, yo me limito a mirar a los jugadores del campo de golf... Seguramente sea justo.
También miré a los camareros del local, todos jóvenes e inexpertos. Cada vez que vengo a este restaurante me encuentro con camareros nuevos, tres meses trabajando y a la calle, no vaya a ser que empiecen a cobrar antigüedad. Lo curioso es que son estos jóvenes los que deben pagar las pensiones de los que juegan al golf, comprar los pisos que quedaron aparcados con el crack inmobiliario e incrementar el índice de natalidad, tan necesario. ¿Alguien pide más?.
Se percibe insolaridad en el voto del poder gris. Para Aristóteles la experiencia de los mayores es sinónimo de desconfianza, de mezquindaz, egoísmo y avaricia. La verdad es que nunca me gustó este tío, pero reconozco que a veces sus apreciaciones son muy certeras. Como ejemplo más inmediato tenemos al Consejo de Administración del Banco de Bilbao, sus directivos han decidido prolongar la edad de jubilación desde los 70 a los 75 años, una imagen que no se corresponde con las incesantes prejubilaciones en la banca.
Por supuesto que existen jubilados que lo están pasando muy mal, sin duda, pero esto también sucede en otros estratos sociales, empezando por el de los jóvenes, y nadie se acuerda de ellos. Esto no es muy exacto, los grupos de presión de los empresarios los recuerdan cada día, con sus fauces babeantes, especialmente cuando hablan de imponer los “mini jobs”.
Al final, con el café, nos alcanzó la niebla, los jubilados estaban ya de retirada. Decidí que ya no tenía sentido llegar hasta Santander, así que me volví hacia Aguilar de Campoo, buscando el paseo de la Cascajera, siempre me ayudó a poner en orden mis ideas. Cené en “El Barón”, Carlos siempre me trata con exquisitez, se lo agradezco. Con el tiempo ha conseguido que su restaurante sea una magnífica referencia.
No sé que nos deparará el 2012, pero después de pasear por la Cascajera he decidido seguir con buen humor, es lo único que no nos pueden recortar.
Uno llegar e incorporarse el día
Dos respirar para subir la cuesta
Tres no jugarse en una sola apuesta
Cuatro escapar de la melancolía
Cinco aprender la nueva geografía
Seis no quedarse nunca sin la siesta
Siete el futuro no será una fiesta
Y ocho no amilanarse todavía
Nueve vaya a saber quién es el fuerte
Diez no dejar que la paciencia ceda
Once cuidarse de la buena suerte
Doce guardar la última moneda
Trece no tutearse con la muerte
Catorce disfrutar mientras se pueda.
Mario Benedetti
martes, 22 de noviembre de 2011
Matemáticas
Los universos cotidianos encierran - a modo de matraces- gestos, pautas, costumbres ... que reflejan la generalidad de la sociedad que nos acoge. El estudio del contenido de un matraz permite extrapolar las constantes obtenidas hacia entornos más extensos, convirtiéndolos en predecibles. El vestuario masculino de unas instalaciones deportivas a las que acudo regularmente constituye uno esos matraces, pongamos que aforado por su exclusividad. Se trata de un universo muy particular, con clientes variopintos, que en su ir y venir, vestirse y desvestirse, ducharse o no ducharse, despliegan tal espectro fenomenológico que resulta imposible eludir su sistematización. Después de infinidad de observaciones, de agrupar conjuntos, de clasificar con llaves, he llegado a la conclusión de que lo más inmediato es dividir la muestra en dos conjuntos disjuntos: los que para vestirse empiezan por el calzoncillo ( slip, prefieren decir algunos) y los que que inician tal menester por la camisa. Los unos, los del calzoncillo, se colocan inmediatamente la segunda prenda, generalmente la camisa, y los otros, los del slip ausente, se pasean por el vestuario buscando un algo indefinido que casi nunca encuentran. Medir es comparar, establecer una proporción respecto a un patrón. Matemáticas.
En mi cuaderno de campo quedaron - desordenados- los datos, las observaciones: los que cierran la puerta del vestuario, los que la dejan abierta; los que saludan, los que no saludan; los que dejan la ropa maloliente en las perchas de los bancos, los que guardan la ropa en las taquillas; los que se quitan los mocos en las duchas colectivas tapándose un orificio de la nariz, los que enjaguan sus fluidos con un pañuelo de papel que posteriormente depositan cuidadosamente en la papelera; los que escupen en el suelo, los que les da asco los escupitajos de los anteriores; los que se encierran desnudos en la sauna, los que cumpliendo las normas se mantienen con el traje de baño; los que en el jacuzzi colocan sus pelotillas en los chorros de agua, los que acomodan sus músculos buscando el paliativo masaje hidrotermal; los que hablan a voces, los que susurran; los que son del “aleti”, los que no son; los de la banderita con toro en el reloj, los que no saben de banderas; los de la cervecita, tortilla y viva España, los de acaban de intervenir el Banco de Valencia; los que leen “El mundo”, los que leen “El país”; los que veranean en la Comunidad Valenciana, los que viajan...Grupos no abelianos. Matemáticas.
Nunca me gustaron las películas de miedo, de terror; me incomodan esos sustos gratuitos, el exceso de pintura a modo de sangre y la innecesaria crueldad. A veces me equivoco, me acomodo en la sala dispuesto a disfrutar de las imágenes de la pantalla, comienzo a ver la proyección y poco a poco, a medida que avanza el guión, voy sintiendo una angustia que me atenaza; pavor, en definitiva. Recientemente he sentido esa desagradable sensación viendo dos películas de índole económico; Inside job y Margin call. En ambos casos a los directores, en su afán de explicar con rigor el origen de la crisis económica que nos asfixia, les quedó una fantástica película de terror.
En Inside Job, incapaz de describir esos sofisticados productos bancarios que troceaban hipotecas y se vendían en paquetitos, el narrador se pregunta por los artífices de tal maldad. Magistralmente nos dirige hacia sucesos ya olvidados.¿Recuerdan Vds el final del la Guerra Fría? ¿Saben qué fue de todos aquellos matemáticos y físicos que trabajaban en aquellos secretísimos proyectos?... Terminaron en los Bancos, sólo ellos son capaces de entender, valorar, programar y procesar toda la información ( o todo el vacío) que subyace tras esos nombres rimbombantes: CDS , CDO , CLN, TRS... En Margin Call, aún sin nombrarlo, se narra la víspera de la caída de Lehman Brothers. En este caso son dos ingenieros, dos expertos en matemáticas, los que se percatan del pastel, los que avisan que el Banco está en la ruina. Ahí queda esa escena en la que el director del Banco - varios millones de dólares de sueldo anual - pide que le expliquen la situación como si él fuese un perro, ya que no entendía nada de nada. Pavor. Matemáticas.
Llueve. Viento del Norte. Sabañones. Un aula con dos radiadores eléctricos, dos alumnos por pupitre, tinteros de porcelana: la clase de los “chicos”. Don José María acaba de golpear su mesa con la regla, pide silencio. Comienza a dictar un problema: Si IU necesita 450.000 votos para obtener un diputado - voz ronca, café y Ducados, tose- y CiU, tan sólo necesita 30.000... Matemáticas.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón»
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.
Recuerdo infantil
A. Machado
En mi cuaderno de campo quedaron - desordenados- los datos, las observaciones: los que cierran la puerta del vestuario, los que la dejan abierta; los que saludan, los que no saludan; los que dejan la ropa maloliente en las perchas de los bancos, los que guardan la ropa en las taquillas; los que se quitan los mocos en las duchas colectivas tapándose un orificio de la nariz, los que enjaguan sus fluidos con un pañuelo de papel que posteriormente depositan cuidadosamente en la papelera; los que escupen en el suelo, los que les da asco los escupitajos de los anteriores; los que se encierran desnudos en la sauna, los que cumpliendo las normas se mantienen con el traje de baño; los que en el jacuzzi colocan sus pelotillas en los chorros de agua, los que acomodan sus músculos buscando el paliativo masaje hidrotermal; los que hablan a voces, los que susurran; los que son del “aleti”, los que no son; los de la banderita con toro en el reloj, los que no saben de banderas; los de la cervecita, tortilla y viva España, los de acaban de intervenir el Banco de Valencia; los que leen “El mundo”, los que leen “El país”; los que veranean en la Comunidad Valenciana, los que viajan...Grupos no abelianos. Matemáticas.
Nunca me gustaron las películas de miedo, de terror; me incomodan esos sustos gratuitos, el exceso de pintura a modo de sangre y la innecesaria crueldad. A veces me equivoco, me acomodo en la sala dispuesto a disfrutar de las imágenes de la pantalla, comienzo a ver la proyección y poco a poco, a medida que avanza el guión, voy sintiendo una angustia que me atenaza; pavor, en definitiva. Recientemente he sentido esa desagradable sensación viendo dos películas de índole económico; Inside job y Margin call. En ambos casos a los directores, en su afán de explicar con rigor el origen de la crisis económica que nos asfixia, les quedó una fantástica película de terror.
En Inside Job, incapaz de describir esos sofisticados productos bancarios que troceaban hipotecas y se vendían en paquetitos, el narrador se pregunta por los artífices de tal maldad. Magistralmente nos dirige hacia sucesos ya olvidados.¿Recuerdan Vds el final del la Guerra Fría? ¿Saben qué fue de todos aquellos matemáticos y físicos que trabajaban en aquellos secretísimos proyectos?... Terminaron en los Bancos, sólo ellos son capaces de entender, valorar, programar y procesar toda la información ( o todo el vacío) que subyace tras esos nombres rimbombantes: CDS , CDO , CLN, TRS... En Margin Call, aún sin nombrarlo, se narra la víspera de la caída de Lehman Brothers. En este caso son dos ingenieros, dos expertos en matemáticas, los que se percatan del pastel, los que avisan que el Banco está en la ruina. Ahí queda esa escena en la que el director del Banco - varios millones de dólares de sueldo anual - pide que le expliquen la situación como si él fuese un perro, ya que no entendía nada de nada. Pavor. Matemáticas.
Llueve. Viento del Norte. Sabañones. Un aula con dos radiadores eléctricos, dos alumnos por pupitre, tinteros de porcelana: la clase de los “chicos”. Don José María acaba de golpear su mesa con la regla, pide silencio. Comienza a dictar un problema: Si IU necesita 450.000 votos para obtener un diputado - voz ronca, café y Ducados, tose- y CiU, tan sólo necesita 30.000... Matemáticas.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón»
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.
Recuerdo infantil
A. Machado
martes, 25 de octubre de 2011
Am I Blue?

Lástima, ese el problema de las fotografías. Las sales de plata capturan únicamente la intensidad de la luz reflejada por los objetos a fotografiar, perdiéndose una información fundamental: la fase de las señales luminosas. Desde el punto de vista técnico esto es un desastre, de ahí las diferentes estrategias desarrolladas para recuperar dicha información. No obstante, es una opinión más, la ausencia de fase tiene sus ventajas, tanto artísticas como anímicas, sobre todo cuando se trata de viejas fotografías en blanco y negro, cuya contemplación suscita una compleja interrelación entre la imaginación, los recuerdos y los sentimientos. Esta es la razón por la que percibimos diferentes sensaciones cada vez que miramos una de esas fotografías.
La primera vez que vi la foto que Javier nos cedió a través de la web no me reconocí, y no fue precisamente por la presbicia, que también, sino por la composición en sí. En la fotografía destaca sobremanera el blanco de la ropa de Cristina, una niña rodeada de cuatro “rapazines” en gris. Era inevitable...There was a time...When I was his only one...Efectivamente, ella era la única, lo demás permanecía en semipenumbra; los muchachos, apenas cuatro sombras reflejadas en un espejo hecho añicos, cuatro pasados divergentes y el aplomo de una realidad emergente...Visto así parece una premonición, o más bien una reivindicación...There was a time...When I was his only one. Al fondo, el pueblo, tan próximo y tan lejano. Un patinete, todo un ferrari en su momento, una gorra, leotardos, ninguna planta y mucho cemento - otoño, probablemente - . How can you ask me “am I blue”?
Fue la primera impresión. Los años transcurridos desde entonces permiten acercarse a la fotografía con diferentes perspectivas, la exactitud es prescindible. Incluso el momento determina la evocación, la presencia o la ausencia. Este vez sí que me reconozco, despeinado y con la mano en la boca, décadas disimulando mi timidez y, así, tan de repente, emerge desde el pasado como una de esas asignaturas eternamente pendientes. También se evidencian los contrastes, inequívocas señales de diferentes actitudes familiares...; no, el cemento no lo ocultaba todo...Why, wouldn’t you be too?
El viento del norte, tampoco aparece en la fotografía. Necesario, como en las viejas canciones de jazz en las que los instrumentos de cuerda creaban el ambiente propicio para la irrupción de los instrumentos de viento. Escuché “Am I blue” por primera vez viendo aquella vieja película de Howart Hawts, “Tener y no tener”, con Carmichael al piano esperando la entrada del viento, en este caso la voz de Lauren Bacall, una delicia. Volví a escuchar “Am I Blue” cientos de veces, con diferentes intérpretes, distintas versiones y, aunque resulte sorprendente, en diferentes películas. Me gustó mucho la interpretación de Diana Lane en Cotton Club, aunque en este caso el viento lo ponía un trompetista interpretado por Richard Gere, la escena es maravillosa. Hay interpretaciones para todos los gustos, desde Ethel Waters a Ray Charles, pasando por Teddi King, Nat King Cole, Cheers, Eddie Cochran...Personalmente me quedo con la versión de Billie Holiday, resulta más creíble.
Hubo una última vez, como para casi todo. La última vez que hablé con Cristina, ella aún estaba en la Universidad. Con Viqui compartí cena y cerveza en la terraza de la cafetería Frixia; era verano, lo recuerdo porque en aquella época aún trampeaba la vida con clases particulares y me gustaba sentarme en esa terraza al finalizar la jornada laboral. Recordamos viejas travesuras y hablamos de viajar hacia sur. Con Javier, aquí tengo más dificultades, recuerdo una conversación telefónica, pero también puede que esa conversación fuese con otra persona...¿hablamos de hijas? De Fernán Manu... hace tanto tiempo ya que no se cuál es el último recuerdo, aunque resulta imposible olvidar aquel exquisito batido de plátano que preparaban en su casa.
...cuya mirada intensa, soñadora y fogosa quedó inmortalizada en alguna foto de las que a veces aparecían en el baúl de los recuerdos. La vida era así. Sobre todos los momentos sublimes llovía, con el tiempo, la prosa de la cotidianeidad. Pero el recuerdo del momento sublime quedaba innato en las almas.
Usos amorosos de la posguerra española
Carmen Martín Gaite.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Exijo que me la devuelvan
Habían llamado a la puerta, San Alberto 10, barrio, supongo que algún día de aquellos plomizos veranos de los 70. Dos jóvenes, entusiastas, eternamente sonrientes y extremadamente cordiales; decían ser Testigos de Jehová, e intentaban, probablemente, vender o regalar ciertos panfletos religiosos que portaban en una vieja cartera de cuero. No se cómo, ni por qué, terminé caminando con ellas hacia el pueblo. Un trayecto breve, pero suficiente para una acalorada discusión cuyo contenido apenas recuerdo; al llegar a la altura de la casa de Esteban, el alcalde de entonces, una de ellas, roja de ira - de esto me acuerdo perfectamente- me espetó: ¡Te vas a condenar!
Ya había olvidado este episodio, fruto, cabe pensar, de aquella pose de rojo calavera tan propia de aquellos años; seguramente dije alguna inconveniencia. Lo recordé el otro día, en la manifestación contra los privilegios que las instituciones civiles conceden a la Iglesia Católica. Estaba citado en la plaza Jacinto Benavente, viejos colegas, algunos agnósticos y otros, simplemente, ateos. Al llegar, la plaza estaba repleta, me encontré un grupo de peregrinos arrodillados - brazos en cruz, cruces de madera, ojos extasiados - que, al parecer, rezaban por nuestros pecados. No les presté demasiada atención, me aburren, busqué a mis compañeros y nos sumamos a la manifestación. Bajando por Carretas, una joven, blandiendo un crucifijo, acercándolo y alejándolo de mi cara, lo repitió, ¡Te vas a condenar!, tal cual, en singular, a mí que iba rodeado de miles de “pecadores”. Es verdad, en esta ocasión, ni tan siquiera había coreado los eslóganes que repetían los participantes de tan singular evento.
También estaba roja, no se si de ira o por exceso de temperatura, Madrid se derretía en aquel momento. Lo que no coincidía era la indumentaria; austeras y recatadas, faldas largas y el cuello de las camisas abotonado, en Mataporquera, pantalones si no cortos, cortísimos, camiseta ombliguera y las etiquetas de la ropa interior bien visibles- una no paga una pasta por las braguitas de cierta marca para que luego no se vean-, en Madrid. Tampoco encontré semejanzas en las miradas; firmes, quizás hieráticas, las unas, lunáticas y fundamentalistas, las otras, las del siglo XXI. Me asusté, Einstein decía que la estupidez humana era (probablemente, también el universo) la única infinitud que él conocía, y seguramente tenía razón.
Huí de allí, camino de los viejos lugares, de los sonidos de siempre, del añorado vacío de un Madrid agosteño. Pero no, ellos deambulaban por doquier, exhibían sus distintivos religiosos sin pudor, manifestaban su omnipresencia con prepotencia, incluso hasta algunos monjes rijosos - ¿qué coño llevaban debajo del hábito?- se permitían danzar en mitad de la plaza Santa Ana. Perdí la libido, o, tal vez, me la robaron, no lo sé, pero me empieza a preocupar, pues mi farmacéutica no acierta con esa fórmula magistral que me permita recuperar ese estado de sátiro desbocado y pecador que tanto me satisface.
¿Pecador?... no lo había pensado; pago los impuestos que me corresponden, cumplo cabalmente con las normas de tráfico, con mis deberes cotidianos y familiares, rara vez falto a mi trabajo y, por supuesto, no promuevo guerras, cruzadas, inquisiciones, violencia de género, discriminaciones o paidofilia. El sexo sí, me encanta, lo retomaré cuando... ¡me devuelvan mi libido!.
Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
-¡A la mierda el señor arzobispo!
El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”.
El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez
Ya había olvidado este episodio, fruto, cabe pensar, de aquella pose de rojo calavera tan propia de aquellos años; seguramente dije alguna inconveniencia. Lo recordé el otro día, en la manifestación contra los privilegios que las instituciones civiles conceden a la Iglesia Católica. Estaba citado en la plaza Jacinto Benavente, viejos colegas, algunos agnósticos y otros, simplemente, ateos. Al llegar, la plaza estaba repleta, me encontré un grupo de peregrinos arrodillados - brazos en cruz, cruces de madera, ojos extasiados - que, al parecer, rezaban por nuestros pecados. No les presté demasiada atención, me aburren, busqué a mis compañeros y nos sumamos a la manifestación. Bajando por Carretas, una joven, blandiendo un crucifijo, acercándolo y alejándolo de mi cara, lo repitió, ¡Te vas a condenar!, tal cual, en singular, a mí que iba rodeado de miles de “pecadores”. Es verdad, en esta ocasión, ni tan siquiera había coreado los eslóganes que repetían los participantes de tan singular evento.
También estaba roja, no se si de ira o por exceso de temperatura, Madrid se derretía en aquel momento. Lo que no coincidía era la indumentaria; austeras y recatadas, faldas largas y el cuello de las camisas abotonado, en Mataporquera, pantalones si no cortos, cortísimos, camiseta ombliguera y las etiquetas de la ropa interior bien visibles- una no paga una pasta por las braguitas de cierta marca para que luego no se vean-, en Madrid. Tampoco encontré semejanzas en las miradas; firmes, quizás hieráticas, las unas, lunáticas y fundamentalistas, las otras, las del siglo XXI. Me asusté, Einstein decía que la estupidez humana era (probablemente, también el universo) la única infinitud que él conocía, y seguramente tenía razón.
Huí de allí, camino de los viejos lugares, de los sonidos de siempre, del añorado vacío de un Madrid agosteño. Pero no, ellos deambulaban por doquier, exhibían sus distintivos religiosos sin pudor, manifestaban su omnipresencia con prepotencia, incluso hasta algunos monjes rijosos - ¿qué coño llevaban debajo del hábito?- se permitían danzar en mitad de la plaza Santa Ana. Perdí la libido, o, tal vez, me la robaron, no lo sé, pero me empieza a preocupar, pues mi farmacéutica no acierta con esa fórmula magistral que me permita recuperar ese estado de sátiro desbocado y pecador que tanto me satisface.
¿Pecador?... no lo había pensado; pago los impuestos que me corresponden, cumplo cabalmente con las normas de tráfico, con mis deberes cotidianos y familiares, rara vez falto a mi trabajo y, por supuesto, no promuevo guerras, cruzadas, inquisiciones, violencia de género, discriminaciones o paidofilia. El sexo sí, me encanta, lo retomaré cuando... ¡me devuelvan mi libido!.
Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
-¡A la mierda el señor arzobispo!
El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”.
El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez
jueves, 26 de mayo de 2011
Retahílas
Tengo suficiente edad para recordar, es posible que con cierto desorden, la frenética actividad que se desplegaba en torno a la cantera de la fábrica Unquinesa. Sentado entre matorrales, en un pequeño altozano situado junto a la cantera, contemplaba aquel ir y venir de multitud de trabajadores que arrancaban la piedra caliza para su posterior transformación en los hornos. Recuerdos en sepia de un pasado remoto: mulos tirando de vagonetas, obreros horodando la roca con barras y mazas, el penoso transportar de la dinamita- su sonido seco y la inmediata lluvia de pedruscos-, la sirena y un interminable desfilar de trabajadores sudorosos y agotados.
Un buen día me monté en un tren y todo aquello desapareció de mi horizonte cotidiano; no se cuánto tiempo pasó hasta que volví a mi observatorio privado, pero aquello había cambiado radicalmente, ya no se divisaban mulos ni vagonetas, sino potentes excavadoras y cintas transportadoras; tampoco se veían obreros, apenas media docena. En principio me alegré, habían desaparecido algunos trabajos que era mejor no recordar, pero inmediatamente sentí un incómodo desasosiego, me pregunté por el destino de aquellos trabajadores que ya no estaban allí, por el de sus hijos, antiguos amigos míos, por sus esperanzas, por sus planes truncados.
Todos nosotros sabemos que aquello no terminó allí; bien por el implacable avance de la tecnología, bien por la mala cabeza de los directivos o bien por las torpezas de nuestros dirigentes políticos, hemos visto a lo largo de todos estos años muchos cambios de actividad, cierres patronales, reconversiones y, al abrigo de esa maldad llamada globalización, deslocalizaciones industriales. Atrás, truncados quedaron, de nuevo, los sueños, las esperanzas y el futuro de muchas personas. Es como una maldición cíclica, que se se repite inmisericorde, que aparece cada cierto tiempo cobrándose nuestros anhelos, bebiéndose nuestros desvelos y riéndose de nuestras previsiones.
Pero se nos olvida, enseguida recobramos nuestro optimismo, retiramos de nuestro pensamiento a los que se quedaron apartados en el camino, a los que perdieron el tren, a los que se enriquecieron a base de fechorías y, ¡hala!, a consumir. Qué nos importan los fracasados, los africanos en patera, los marginados, los machacados por el sistema. Perdimos el pudor, ni tan siquiera disimulamos, lo único que hace historia es un Madrid- Barcelona, la profundidad filosófica de Belén Esteban o los pautados rebuznos de ese al que dicen Mou.
¿Tienes problemas? ¿Qué tus hijos comparten banco escolar con un inmigrante? No te preocupes, nosotros tenemos la solución, en los colegios privados que financiamos con dinero púbico los únicos inmigrantes son los hijos del embajador. ¿Qué has tenido que esperar en la cola del médico porque unos cuantos negros demandaban atención médica? ¿Qué me dices? En nuestros hospitales privados financiados con dinero público no tienen cabida los de las pateras. Además salen más baratos, che, una bicoca, pues a los gordos, asmáticos, sidosos y demás gente mal alimentada los enviamos a los hospitales públicos. Si es que no hay gente más barata que los guapos y delgados. ¿Qué pagas impuestos? Coño, eso se dice antes, no te preocupes que en nuestro programa electoral queda claro que a partir de ahora sólo pagarán impuestos esos desagradecidos de la nómina, el resto de actividades quedará libre de impuestos, ¡Faltaría más!
Ya, todo eso está muy bien, pero fíjese Vd., Doña Espe, resulta que esos desharrapados construyeron una cooperativa en mitad del pueblo - Cooperativa Obrera la llaman- y no podemos subir los precios en nuestros establecimientos. Se organizaron y resulta que son ellos los que fijan los precios, ¡no se dónde vamos a llegar!. No se preocupen Vds, en un año, con nuestras televisiones financiadas con dinero público, convenceremos a esos desdichados que los productos de sus establecimientos son mucho mejores, dónde van Vds a parar, incluso que rejuvenecen, que estiran la piel y dan lustre al escroto. No se preocupen, todo eso lo solucionaremos con la TDT.
En otro orden de cosas - nos ponemos pomposos, luz tenue... fondo de pasodoble-, sabe Vd, Doña Espe, que en nuestras factorías tenemos trabajadores con tanta antigüedad que cuestan una pasta, y nosotros necesitamos ganar dinero, ya sabe, queremos disfrutar de nuestras vacaciones en Sicilia, perdón, un lapsus, quería decir Valencia...Que no cunda el pánico, vamos a cambiar la legislación laboral y podrán deshacerse de esos costosos trabajadores en un abrir y cerrar de ojos, y, aquí está la gracia, sustituirlos por esos jóvenes que tienen tres carreras y dos idiomas, no se asusten, ya saben Vds que son unos inútiles. Además podrán contratarlos como becarios...o como becarias por si quieren emular a Bill.
¡Qué recuerdos, che¡ Y yo allí, en la verbena, en un pueblo que se llamaba Cuena, un tipo con un acordeón y otro con un a modo de pandereta amenizaban un insulso balanceo colectivo, y no se porqué, aún recuerdo, tachín, tachín, sutil y profundo...el estribillo: Se comenta por el pueblo...que tu novio es un ligón.... Tachín.
Y era exactamente igual, te lo aseguro, que estar agarrando entre los dos un hilo cada uno por el cabo que el otro le largaba ‘toma hilo, dame hilo’, de verdad completamente así, era tejer.
Retahílas. Carmen Martín Gaite
Un buen día me monté en un tren y todo aquello desapareció de mi horizonte cotidiano; no se cuánto tiempo pasó hasta que volví a mi observatorio privado, pero aquello había cambiado radicalmente, ya no se divisaban mulos ni vagonetas, sino potentes excavadoras y cintas transportadoras; tampoco se veían obreros, apenas media docena. En principio me alegré, habían desaparecido algunos trabajos que era mejor no recordar, pero inmediatamente sentí un incómodo desasosiego, me pregunté por el destino de aquellos trabajadores que ya no estaban allí, por el de sus hijos, antiguos amigos míos, por sus esperanzas, por sus planes truncados.
Todos nosotros sabemos que aquello no terminó allí; bien por el implacable avance de la tecnología, bien por la mala cabeza de los directivos o bien por las torpezas de nuestros dirigentes políticos, hemos visto a lo largo de todos estos años muchos cambios de actividad, cierres patronales, reconversiones y, al abrigo de esa maldad llamada globalización, deslocalizaciones industriales. Atrás, truncados quedaron, de nuevo, los sueños, las esperanzas y el futuro de muchas personas. Es como una maldición cíclica, que se se repite inmisericorde, que aparece cada cierto tiempo cobrándose nuestros anhelos, bebiéndose nuestros desvelos y riéndose de nuestras previsiones.
Pero se nos olvida, enseguida recobramos nuestro optimismo, retiramos de nuestro pensamiento a los que se quedaron apartados en el camino, a los que perdieron el tren, a los que se enriquecieron a base de fechorías y, ¡hala!, a consumir. Qué nos importan los fracasados, los africanos en patera, los marginados, los machacados por el sistema. Perdimos el pudor, ni tan siquiera disimulamos, lo único que hace historia es un Madrid- Barcelona, la profundidad filosófica de Belén Esteban o los pautados rebuznos de ese al que dicen Mou.
¿Tienes problemas? ¿Qué tus hijos comparten banco escolar con un inmigrante? No te preocupes, nosotros tenemos la solución, en los colegios privados que financiamos con dinero púbico los únicos inmigrantes son los hijos del embajador. ¿Qué has tenido que esperar en la cola del médico porque unos cuantos negros demandaban atención médica? ¿Qué me dices? En nuestros hospitales privados financiados con dinero público no tienen cabida los de las pateras. Además salen más baratos, che, una bicoca, pues a los gordos, asmáticos, sidosos y demás gente mal alimentada los enviamos a los hospitales públicos. Si es que no hay gente más barata que los guapos y delgados. ¿Qué pagas impuestos? Coño, eso se dice antes, no te preocupes que en nuestro programa electoral queda claro que a partir de ahora sólo pagarán impuestos esos desagradecidos de la nómina, el resto de actividades quedará libre de impuestos, ¡Faltaría más!
Ya, todo eso está muy bien, pero fíjese Vd., Doña Espe, resulta que esos desharrapados construyeron una cooperativa en mitad del pueblo - Cooperativa Obrera la llaman- y no podemos subir los precios en nuestros establecimientos. Se organizaron y resulta que son ellos los que fijan los precios, ¡no se dónde vamos a llegar!. No se preocupen Vds, en un año, con nuestras televisiones financiadas con dinero público, convenceremos a esos desdichados que los productos de sus establecimientos son mucho mejores, dónde van Vds a parar, incluso que rejuvenecen, que estiran la piel y dan lustre al escroto. No se preocupen, todo eso lo solucionaremos con la TDT.
En otro orden de cosas - nos ponemos pomposos, luz tenue... fondo de pasodoble-, sabe Vd, Doña Espe, que en nuestras factorías tenemos trabajadores con tanta antigüedad que cuestan una pasta, y nosotros necesitamos ganar dinero, ya sabe, queremos disfrutar de nuestras vacaciones en Sicilia, perdón, un lapsus, quería decir Valencia...Que no cunda el pánico, vamos a cambiar la legislación laboral y podrán deshacerse de esos costosos trabajadores en un abrir y cerrar de ojos, y, aquí está la gracia, sustituirlos por esos jóvenes que tienen tres carreras y dos idiomas, no se asusten, ya saben Vds que son unos inútiles. Además podrán contratarlos como becarios...o como becarias por si quieren emular a Bill.
¡Qué recuerdos, che¡ Y yo allí, en la verbena, en un pueblo que se llamaba Cuena, un tipo con un acordeón y otro con un a modo de pandereta amenizaban un insulso balanceo colectivo, y no se porqué, aún recuerdo, tachín, tachín, sutil y profundo...el estribillo: Se comenta por el pueblo...que tu novio es un ligón.... Tachín.
Y era exactamente igual, te lo aseguro, que estar agarrando entre los dos un hilo cada uno por el cabo que el otro le largaba ‘toma hilo, dame hilo’, de verdad completamente así, era tejer.
Retahílas. Carmen Martín Gaite
martes, 17 de mayo de 2011
Mueran los cabrones y los campos del honor
No, no se trata de un exabrupto, se trata de una vieja novela de Benjamín Peret, de una época en la que se experimentaba con la escritura y en la que Dadá tan sólo era un payaso con alpargatas. Una novela absurda, al menos eso pensé cuando la leí hace ya muchos años sin enterarme de nada. Tan absurda como la lectura de la prensa económica actual, en la que uno constata día a día cómo los causantes de la crisis se van de rositas y determinados políticos nos intentan convencer de la bondad de unas ideas neoliberales que convierten al ciudadano medio en perjudicado y, por ende, en idiota.
Por supuesto, no entiendo nada de economía, pero dada la falta de previsión ante la crisis, no sólo de España, sino de todos los países occidentales, los estrambóticos errores de las agencias de calificación, el papel de los bancos adjudicando créditos con marchamo de inmediato impago...podría pensarse, en primera aproximación, que tampoco ellos saben una mierda de economía. Valga como prueba la falta de acuerdo entre reputados economistas sobre el origen de la crisis y, lo que es peor, sobre las posibles soluciones.
No obstante, si analizo los platos rotos, las consecuencias para amplios sectores de la población y la falta de consecuencias para una minoría, perteneciente fundamentalmente al sector financiero, empiezo a sospechar que saben de economía bastante más de lo que parece, sobre todo cuando se trata de engordar sus bolsillos. Da la impresión que, desde el sector financiero, únicamente se desarrollaron estrategias para, con la innegable colaboración de determinados sectores políticos, saquear las finanzas públicas con absoluta impunidad. Este es un fenómeno global, donde la desregulación y la falta de control sobre los flujos monetarios constituyen las pautas comunes en el obrar de todos los países occidentales.
¿Queda algo por saquear? Sorprendentemente sí, la Seguridad Social. El terreno ya ha sido abonado. En los últimos meses se han publicado en diferentes medios sesudos artículos recomendando tanto el copago como la apertura de la Seguridad Social a empresas privadas (desde luego, no se informa de quién financia a los economistas que escriben esos artículos). En algunas Comunidades Autónomas ya empezó el saqueo, sirvan como ejemplo la Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, ambas gobernadas por el PP, o, mejor dicho, por los núcleos ultraliberales del PP. La última cuchillada trapera procede de Convergència i Unió, compensando la bajada de impuestos con serias restricciones en la Sanidad Pública.
Es una pena. Pienso que la Seguridad Social es una de las pocas cosas que hemos hecho bien en este país y debemos sentirnos orgullosos por ello. Además es una ganga, pues de la comparación con el peso en el PIB con respecto a otros países occidentales se induce que es realmente barata y que nuestros médicos y enfermeras cuestan tres duros de los de cinco pesetas. Pero, no cabe duda que puede llegar a ser un magnífico negocio si se lo cedemos a determinados amiguetes. Bernardo Provenzano, el que fuera jefe supremo de la Cosa Nostra durante cuarenta años, acostumbraba a escribir: Me alegro de saber que todos gozáis de excelente salud. Lo mismo puedo decir de mí en este momento, a Dios gracias. Pues eso.
El señor Carbón había evidentemente perdido toda la razón. Lo dejé triturar sus relojes y huí a toda carrera. En una curva del camino vi un enorme guijarro de unos tres metros de alto. Me lancé de cabeza y me zambullí dentro de él. Estaba salvado. Podía contemplar el porvenir con tranquilidad. Me instalé.
Benjamín Peret
botero1957@yahoo.es
Por supuesto, no entiendo nada de economía, pero dada la falta de previsión ante la crisis, no sólo de España, sino de todos los países occidentales, los estrambóticos errores de las agencias de calificación, el papel de los bancos adjudicando créditos con marchamo de inmediato impago...podría pensarse, en primera aproximación, que tampoco ellos saben una mierda de economía. Valga como prueba la falta de acuerdo entre reputados economistas sobre el origen de la crisis y, lo que es peor, sobre las posibles soluciones.
No obstante, si analizo los platos rotos, las consecuencias para amplios sectores de la población y la falta de consecuencias para una minoría, perteneciente fundamentalmente al sector financiero, empiezo a sospechar que saben de economía bastante más de lo que parece, sobre todo cuando se trata de engordar sus bolsillos. Da la impresión que, desde el sector financiero, únicamente se desarrollaron estrategias para, con la innegable colaboración de determinados sectores políticos, saquear las finanzas públicas con absoluta impunidad. Este es un fenómeno global, donde la desregulación y la falta de control sobre los flujos monetarios constituyen las pautas comunes en el obrar de todos los países occidentales.
¿Queda algo por saquear? Sorprendentemente sí, la Seguridad Social. El terreno ya ha sido abonado. En los últimos meses se han publicado en diferentes medios sesudos artículos recomendando tanto el copago como la apertura de la Seguridad Social a empresas privadas (desde luego, no se informa de quién financia a los economistas que escriben esos artículos). En algunas Comunidades Autónomas ya empezó el saqueo, sirvan como ejemplo la Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, ambas gobernadas por el PP, o, mejor dicho, por los núcleos ultraliberales del PP. La última cuchillada trapera procede de Convergència i Unió, compensando la bajada de impuestos con serias restricciones en la Sanidad Pública.
Es una pena. Pienso que la Seguridad Social es una de las pocas cosas que hemos hecho bien en este país y debemos sentirnos orgullosos por ello. Además es una ganga, pues de la comparación con el peso en el PIB con respecto a otros países occidentales se induce que es realmente barata y que nuestros médicos y enfermeras cuestan tres duros de los de cinco pesetas. Pero, no cabe duda que puede llegar a ser un magnífico negocio si se lo cedemos a determinados amiguetes. Bernardo Provenzano, el que fuera jefe supremo de la Cosa Nostra durante cuarenta años, acostumbraba a escribir: Me alegro de saber que todos gozáis de excelente salud. Lo mismo puedo decir de mí en este momento, a Dios gracias. Pues eso.
El señor Carbón había evidentemente perdido toda la razón. Lo dejé triturar sus relojes y huí a toda carrera. En una curva del camino vi un enorme guijarro de unos tres metros de alto. Me lancé de cabeza y me zambullí dentro de él. Estaba salvado. Podía contemplar el porvenir con tranquilidad. Me instalé.
Benjamín Peret
botero1957@yahoo.es
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tataki de atún con andriniegas
Es difícil sustraerse del pasado cuando uno camina por la calle de Aribau, contemplar los nuevos establecimientos sin preguntarse si realmente hemos cambiado tanto, o, tan sólo, nos hemos disfrazado de modernidad, de siglo XXI. Tampoco ha pasado tanto tiempo, lo justo para cambiar de abalorios: ahora portamos teléfonos móviles, chateamos, nos skypeamos, somos ciudadanos en red.
También resulta difícil considerar que el piso de la calle de Aribau era un compartimento estanco, el domicilio de una determinada familia, peculiar, pero al fin y al cabo, familia. Imposible es, también, relegar el tránsito de Aribau hasta Vía Layetana a un simple paseo desde el antiguo arrabal hasta el centro burgués y culto. Más difícil aún, si cabe, es etiquetar a unos personajes como meros comparsas que adornan el devenir de una adolescencia.
La casa de la calle de Aribau, en la medida que albergaba sucintamente un amplio espectro de estereotipos comunes, bien podría considerarse una tribu, un pueblo o un estado. La asfixiante atmósfera que envolvía a sus habitantes, reflejo del desgarro del país en unos tiempos pretéritos, se transmuta en la atmósfera digital que hoy nos acuna, adormeciéndonos con ese exceso de contenidos vanales.
Te llamé al móvil, a juzgar por el mensaje de la operadora perece que te desperezabas en lejanas tierras, una pena, me habría encantado discutir contigo cómo sería la llegada de Andrea al Aribau actual. Elegí, sin dudar, Yamadori para cenar, imposible sin reserva, pero tuve suerte y, al final, me acomodaron con amabilidad; el tataki de atún excelente, me pierde. Mientras cenaba, pensé en un Román conectado por ADSL, un tipo mezquino, soez y traicionero, me lo imagino en un chat engañando jovencitas, convirtiendo en sentencia aquella frase de Andrea: Porque entonces era lo suficientemente atontada para no darme cuenta de que aquél era uno de los infinitos hombres que nacen sólo para sementales y junto a una mujer no entienden otra actitud que ésta. Su cerebro y su corazón no llegan a más...
Intenté pensar en Juan, éste no suspiraría digitalmente y si lo hiciese, gemiría con mayúsculas; seguramente continuaría golpeando a Gloria para redimirse de las traiciones del pasado - aquel acostarse republicano y amanecer nacional -, incapaz de acomodarse al paso del tiempo. Por cierto, el anciano gordo de la mesa del fondo, acompañado de una jovencita, juraría que del Este, ¿dónde he visto yo esa escena? Gloria, le veo contemplando la tv, sin perderse una frase de esa inefable princesa del pueblo a la que dicen B. E., para olvidar, porque yo pienso mucho, chica. ¿Verdad que no lo parece? Pues yo pienso mucho, nada más que para olvidar; eso sí, Gloria sólo ve los programas de la naturaleza... sí, esos que pasan en la Dos.
A Angustias me la imagino refugiada en alguna de esas sectas católicas, probablemente en los Kikos, es lo que pasa cuando se folla con sentimiento de culpabilidad. En cuanto a Ena, prefiero imaginarla como niña-pija-con-ipone; lo suyo son las redes sociales, las amistades de quita y pon, sin compromiso...ya sabes, como si fuese de Madrid. No se como encajar a la abuela e hijas, las que aparecen después de la muerte de Román. Probablemente estos personajes sean intemporales, una abuela protectora que gestiona como puede los desbarres familiares, con un constante autoengaño...¡pobrecilla!, y unas hijas que sólo cobran protagonismo en el desenlace de la tragedia; encajan con el papel de linchadoras sociales, las que acusan tras bambalinas y después, cómo no, pretenden cobrar sus facturas.
Me temo que voy a prescindir del postre, últimamente mi garabato esta adquiriendo una extraña concavidad, justo a la altura de la cintura...Por cierto, inacabada quedó aquella conversación sobre el trepar a las tapias, no recordaba la escena, el caso es que, así de repente, debe ser que mi organismo se resiste a la ausencia de postre, he empezado a pensar en andriniegas, en una tapia de Bercedo y que, ciertamente, aquel día yo estaba subido en la tapia.
Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces.
Nada. Carmen Laforet, 1945.
También resulta difícil considerar que el piso de la calle de Aribau era un compartimento estanco, el domicilio de una determinada familia, peculiar, pero al fin y al cabo, familia. Imposible es, también, relegar el tránsito de Aribau hasta Vía Layetana a un simple paseo desde el antiguo arrabal hasta el centro burgués y culto. Más difícil aún, si cabe, es etiquetar a unos personajes como meros comparsas que adornan el devenir de una adolescencia.
La casa de la calle de Aribau, en la medida que albergaba sucintamente un amplio espectro de estereotipos comunes, bien podría considerarse una tribu, un pueblo o un estado. La asfixiante atmósfera que envolvía a sus habitantes, reflejo del desgarro del país en unos tiempos pretéritos, se transmuta en la atmósfera digital que hoy nos acuna, adormeciéndonos con ese exceso de contenidos vanales.
Te llamé al móvil, a juzgar por el mensaje de la operadora perece que te desperezabas en lejanas tierras, una pena, me habría encantado discutir contigo cómo sería la llegada de Andrea al Aribau actual. Elegí, sin dudar, Yamadori para cenar, imposible sin reserva, pero tuve suerte y, al final, me acomodaron con amabilidad; el tataki de atún excelente, me pierde. Mientras cenaba, pensé en un Román conectado por ADSL, un tipo mezquino, soez y traicionero, me lo imagino en un chat engañando jovencitas, convirtiendo en sentencia aquella frase de Andrea: Porque entonces era lo suficientemente atontada para no darme cuenta de que aquél era uno de los infinitos hombres que nacen sólo para sementales y junto a una mujer no entienden otra actitud que ésta. Su cerebro y su corazón no llegan a más...
Intenté pensar en Juan, éste no suspiraría digitalmente y si lo hiciese, gemiría con mayúsculas; seguramente continuaría golpeando a Gloria para redimirse de las traiciones del pasado - aquel acostarse republicano y amanecer nacional -, incapaz de acomodarse al paso del tiempo. Por cierto, el anciano gordo de la mesa del fondo, acompañado de una jovencita, juraría que del Este, ¿dónde he visto yo esa escena? Gloria, le veo contemplando la tv, sin perderse una frase de esa inefable princesa del pueblo a la que dicen B. E., para olvidar, porque yo pienso mucho, chica. ¿Verdad que no lo parece? Pues yo pienso mucho, nada más que para olvidar; eso sí, Gloria sólo ve los programas de la naturaleza... sí, esos que pasan en la Dos.
A Angustias me la imagino refugiada en alguna de esas sectas católicas, probablemente en los Kikos, es lo que pasa cuando se folla con sentimiento de culpabilidad. En cuanto a Ena, prefiero imaginarla como niña-pija-con-ipone; lo suyo son las redes sociales, las amistades de quita y pon, sin compromiso...ya sabes, como si fuese de Madrid. No se como encajar a la abuela e hijas, las que aparecen después de la muerte de Román. Probablemente estos personajes sean intemporales, una abuela protectora que gestiona como puede los desbarres familiares, con un constante autoengaño...¡pobrecilla!, y unas hijas que sólo cobran protagonismo en el desenlace de la tragedia; encajan con el papel de linchadoras sociales, las que acusan tras bambalinas y después, cómo no, pretenden cobrar sus facturas.
Me temo que voy a prescindir del postre, últimamente mi garabato esta adquiriendo una extraña concavidad, justo a la altura de la cintura...Por cierto, inacabada quedó aquella conversación sobre el trepar a las tapias, no recordaba la escena, el caso es que, así de repente, debe ser que mi organismo se resiste a la ausencia de postre, he empezado a pensar en andriniegas, en una tapia de Bercedo y que, ciertamente, aquel día yo estaba subido en la tapia.
Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces.
Nada. Carmen Laforet, 1945.
miércoles, 19 de enero de 2011
¿Tiempo de delatores, Sr Revilla?
Aquel taxi terminó con mi ya menguada cartera. El tren había llegado con retraso a Chamartín y disponía del tiempo justo para llegar a una entrevista profesional (cuestión de alubias). Y allí estaban, en plena Castellana, con pancartas y silbatos... Cientos de monjas, con todo tipo de hábitos, gritando como posesas y reivindicando, ¡manda huevos!, libertad de enseñanza. El taxi detenido en el atasco, el contador, impertérrito, sumando pesetas, y en una tertulia radiofónica se hacían conjeturas a propósito de las futuras decisiones de un tal Felipe González, recién nombrado Presidente del Gobierno.
Después de lo que habíamos vivido, después de aquel férreo control que el franquismo y las instituciones católicas habían ejercido sobre la enseñanza, ¿qué pedían las monjas?. ¿qué hacía la palabra libertad en sus pancartas? Se trataba de una burda mixtificación, de prostituir una palabra en aras de conseguir unos fines más prosaicos, o sea, subvención y privilegios. Desgraciadamente, no es éste el único ejemplo en que un determinado grupo de opinión retuerce el significado de una palabra con objeto de manipular, presionar o, simple y llanamente, faltar a la verdad.
Valgan como ejemplos, faltaría más, los servicios de inteligencia yankees tratando de ocultar sus torpezas, destapadas en WikiLeaks, acusando a determinados ciudadanos de “delatores”, y, en versión mesa camilla y botijo, el Sr. Revilla, que recientemente nos deleitaba con una columna en el diario “El Mundo” titulada “Tiempo de delatores”.
No me sorprende, nunca me gusto este tipo. Populista, socarrón, excesivamente folclórico...un tipo tremendamente ladino y tramposo. A este individuo la ley antitabaco, que de ninguna manera prohibe fumar, salvo en determinados espacios públicos, le recuerda la posguerra, el nazismo y la Inquisición. Pues no, Sr. Revilla, cuando uno llama a las autoridades para denunciar que el vecino sacude a la señora, no está ejerciendo de delator, ni de soplón, ni de chivato: ejerce de ciudadano. De la misma manera obra quien denuncia al que no paga sus impuestos, al que construye ilegalmente, al que no arregla con suficiente diligencia los baches de la carretera y, por supuesto, a quien fuma un puro en un restaurante sin considerar si comparte espacio con asmáticos, alérgicos, embarazadas, niños...
En realidad las cosas son bastante más simples; a medida que nos civilizábamos, fuimos arrinconando determinados gestos, bien por pudor o bien por higiene. De está forma aprendimos que para hacer ciertas cosas debíamos acudir al baño, que no debíamos escupir en la calle,... ni eructar, ni emitir flatulencias en público y, mucho menos, en el restaurante. Es decir, hoy en día, las guarrerías corresponden al ámbito de lo privado. Y fumar, no lo negará, Sr. Revilla, es una guarrería bastante más cochina que las demás, es por esto que se le invita a Vd. a fumar fuera del restaurante: por higiene. Por cierto, Sr. Revilla, ¿se lava Vd. las manos después de fumar su puro?
También a Francisco Rico, miembro de la Real Academia Española, le dio por apuntarse al disparate, y después de afirmar que “domina la ley el espíritu persecutorio”, para dar más relevancia a sus críticas, concluía su artículo (“Teoría y realidad de la ley contra el fumador”, El país) con un “P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo”. Mentira, Sr. Rico, le hemos visto fumar por activa y por pasiva, aquí, allá y acullá. Además, no parece muy honrado que alguien tan alejado de la ciencia como Vd., cuestione resultados científicos que, por otra parte, tan sólo un lerdo o un ejecutivo de una tabacalera se atreven a cuestionar.
También se pronunció ese a modo de australopithecus que ejerce de alcalde de Valladolid, no me molesto en transcribir sus estúpidos chascarrillos. Tampoco me paro a reflexionar acerca del porqué los ciudadanos eligen determinados alcaldes, ...¡desdichados!
Pues no, Sr. Revilla, todos los ciudadanos tienen derechos, incluso los no fumadores, y la reivindicación de esos derechos no supone delación, sino un ejercicio de ciudadanía. Fíjese, Sr. Revilla, si realmente a los españoles nos diera por exigir los derechos que nos corresponden en materia de educación, de sanidad, de vivienda...de manera formal y organizada, ¿sería Vd. Presidente?
¿Tiempo de delatores? No, Sr. Revilla: tiempo de ciudadanos.
...Propio es de hombres de cabezas medianas el embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza. A todos nos conviene, amigos queridos, que nuestros dirigentes sean siempre los más inteligentes y los más sabios.
(Un apócrifo llamado Juan de Mairena)
botero1957@yahoo.es
Después de lo que habíamos vivido, después de aquel férreo control que el franquismo y las instituciones católicas habían ejercido sobre la enseñanza, ¿qué pedían las monjas?. ¿qué hacía la palabra libertad en sus pancartas? Se trataba de una burda mixtificación, de prostituir una palabra en aras de conseguir unos fines más prosaicos, o sea, subvención y privilegios. Desgraciadamente, no es éste el único ejemplo en que un determinado grupo de opinión retuerce el significado de una palabra con objeto de manipular, presionar o, simple y llanamente, faltar a la verdad.
Valgan como ejemplos, faltaría más, los servicios de inteligencia yankees tratando de ocultar sus torpezas, destapadas en WikiLeaks, acusando a determinados ciudadanos de “delatores”, y, en versión mesa camilla y botijo, el Sr. Revilla, que recientemente nos deleitaba con una columna en el diario “El Mundo” titulada “Tiempo de delatores”.
No me sorprende, nunca me gusto este tipo. Populista, socarrón, excesivamente folclórico...un tipo tremendamente ladino y tramposo. A este individuo la ley antitabaco, que de ninguna manera prohibe fumar, salvo en determinados espacios públicos, le recuerda la posguerra, el nazismo y la Inquisición. Pues no, Sr. Revilla, cuando uno llama a las autoridades para denunciar que el vecino sacude a la señora, no está ejerciendo de delator, ni de soplón, ni de chivato: ejerce de ciudadano. De la misma manera obra quien denuncia al que no paga sus impuestos, al que construye ilegalmente, al que no arregla con suficiente diligencia los baches de la carretera y, por supuesto, a quien fuma un puro en un restaurante sin considerar si comparte espacio con asmáticos, alérgicos, embarazadas, niños...
En realidad las cosas son bastante más simples; a medida que nos civilizábamos, fuimos arrinconando determinados gestos, bien por pudor o bien por higiene. De está forma aprendimos que para hacer ciertas cosas debíamos acudir al baño, que no debíamos escupir en la calle,... ni eructar, ni emitir flatulencias en público y, mucho menos, en el restaurante. Es decir, hoy en día, las guarrerías corresponden al ámbito de lo privado. Y fumar, no lo negará, Sr. Revilla, es una guarrería bastante más cochina que las demás, es por esto que se le invita a Vd. a fumar fuera del restaurante: por higiene. Por cierto, Sr. Revilla, ¿se lava Vd. las manos después de fumar su puro?
También a Francisco Rico, miembro de la Real Academia Española, le dio por apuntarse al disparate, y después de afirmar que “domina la ley el espíritu persecutorio”, para dar más relevancia a sus críticas, concluía su artículo (“Teoría y realidad de la ley contra el fumador”, El país) con un “P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo”. Mentira, Sr. Rico, le hemos visto fumar por activa y por pasiva, aquí, allá y acullá. Además, no parece muy honrado que alguien tan alejado de la ciencia como Vd., cuestione resultados científicos que, por otra parte, tan sólo un lerdo o un ejecutivo de una tabacalera se atreven a cuestionar.
También se pronunció ese a modo de australopithecus que ejerce de alcalde de Valladolid, no me molesto en transcribir sus estúpidos chascarrillos. Tampoco me paro a reflexionar acerca del porqué los ciudadanos eligen determinados alcaldes, ...¡desdichados!
Pues no, Sr. Revilla, todos los ciudadanos tienen derechos, incluso los no fumadores, y la reivindicación de esos derechos no supone delación, sino un ejercicio de ciudadanía. Fíjese, Sr. Revilla, si realmente a los españoles nos diera por exigir los derechos que nos corresponden en materia de educación, de sanidad, de vivienda...de manera formal y organizada, ¿sería Vd. Presidente?
¿Tiempo de delatores? No, Sr. Revilla: tiempo de ciudadanos.
...Propio es de hombres de cabezas medianas el embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza. A todos nos conviene, amigos queridos, que nuestros dirigentes sean siempre los más inteligentes y los más sabios.
(Un apócrifo llamado Juan de Mairena)
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domingo, 19 de diciembre de 2010
Dólares
Es costumbre, en Termodinámica, dividir el Universo en dos partes claramente diferenciadas: el sistema, lo que se pretende estudiar, y el entorno, lo que no es sistema; de esta forma el estudio de la evolución del sistema requiere un análisis riguroso de los intercambios de materia y energía entre el sistema propiamente dicho y el entorno. Se trata de un procedimiento muy antiguo, tan antiguo que sorprende cómo en determinadas disciplinas se prescinde de un protocolo tan elemental. Fuera de la Termodinámica un sistema puede ser un individuo, su pueblo, su región, su nación, su continente...
En función de lo intercambiable, los sistemas pueden ser abiertos o cerrados. Pertenezco a una generación que evolucionó desde un sistema cerrado, es decir, un sistema sin intercambio de información con el entorno, a un sistema abierto, donde todos los flujos son permitidos. Pasamos desde aquel cuartel autárquico a un mundo en el que la información no tiene límites, no conoce fronteras; se pude decir que la deslocalización de las fuentes ha provocado la fusión de los sistemas con el entorno, hasta tal punto, que resulta difícil distinguir sus límites.
Enredada en la memoria quedó una conversación de críos; sentados en aquel suelo acementado discutíamos a propósito de España, y sólo teníamos dos alternativas: o España era el barrio San Alberto o era algo más grande, tan grande que sólo podía ser Mataporquera. Indudablemente, el desconcierto que generaba en nosotros la palabra España era debido a la ausencia de información. Pero, y éste es el problema, probablemente era ese desconcierto el que aportaba la conciencia de grupo, de colectividad, vamos, el ser de Mataporquera.
Recientemente, sentado en uno de los bancos de la plaza, observé a dos muchachas que la atravesaban camino del Chamberí: deportivas, vaqueros, camisetas y chicles. La misma indumentaria y el mismo masticar que observé en las muchachas de la Quinta Avenida, Carnaby Street o la rue de Rivoli. Supongo que tal manifestación de uniformidad evidencia un beber en las mismas fuentes: cine, TV, internet..Tal uniformidad, para algunos el fin del mundo, ha desdibujado tanto las fronteras que cabe preguntarse, otra vez, qué significa ser de Mataporquera, ser cántabro, ser español, ser europeo...
Supongo que los que buscan diferenciarse de los demás, vana ilusión, les gusta llamarse cántabros, catalanes..., los que eluden tal disyuntiva, se dicen ciudadanos y, cómo no, los que siguen sin enterarse de que es imposible detener los flujos de información, se autodenominan...políticos.
Y todo esto porque esta mañana leí que Goldman Sachs estima que dentro de un año el dólar se cambie a 1,5 dólares por euro, y alguno, me temo, aún cree en la incidencia de las políticas económicas locales...
El que a su mujer procura
dar remedio al mal de madre,
y ve que no la comadre
sino que el Cura la cura,
si piensa que el Padre Cura
trae la virtud en la estola,
mamóla
El padre que no replica
viendo gastar a la hijas
galas, copetes y sortijas,
desde la grande a la chica,
si piensan que no usan de pica
cuando ya saben de gola
mamóla
(Algunos afirman que las letrillas son de Góndora, otros lo niegan. Algunos piensan que el desastre económico lo creó un tal Zapatero, otros que se arregla con sentido común, al resto nos preocupa un dolar tan barato. En realidad, lo único cierto es que a Marisa Amo le incomoda que la página esté parada. Pues para que no se pare...)
botero1957@yahoo.es
En función de lo intercambiable, los sistemas pueden ser abiertos o cerrados. Pertenezco a una generación que evolucionó desde un sistema cerrado, es decir, un sistema sin intercambio de información con el entorno, a un sistema abierto, donde todos los flujos son permitidos. Pasamos desde aquel cuartel autárquico a un mundo en el que la información no tiene límites, no conoce fronteras; se pude decir que la deslocalización de las fuentes ha provocado la fusión de los sistemas con el entorno, hasta tal punto, que resulta difícil distinguir sus límites.
Enredada en la memoria quedó una conversación de críos; sentados en aquel suelo acementado discutíamos a propósito de España, y sólo teníamos dos alternativas: o España era el barrio San Alberto o era algo más grande, tan grande que sólo podía ser Mataporquera. Indudablemente, el desconcierto que generaba en nosotros la palabra España era debido a la ausencia de información. Pero, y éste es el problema, probablemente era ese desconcierto el que aportaba la conciencia de grupo, de colectividad, vamos, el ser de Mataporquera.
Recientemente, sentado en uno de los bancos de la plaza, observé a dos muchachas que la atravesaban camino del Chamberí: deportivas, vaqueros, camisetas y chicles. La misma indumentaria y el mismo masticar que observé en las muchachas de la Quinta Avenida, Carnaby Street o la rue de Rivoli. Supongo que tal manifestación de uniformidad evidencia un beber en las mismas fuentes: cine, TV, internet..Tal uniformidad, para algunos el fin del mundo, ha desdibujado tanto las fronteras que cabe preguntarse, otra vez, qué significa ser de Mataporquera, ser cántabro, ser español, ser europeo...
Supongo que los que buscan diferenciarse de los demás, vana ilusión, les gusta llamarse cántabros, catalanes..., los que eluden tal disyuntiva, se dicen ciudadanos y, cómo no, los que siguen sin enterarse de que es imposible detener los flujos de información, se autodenominan...políticos.
Y todo esto porque esta mañana leí que Goldman Sachs estima que dentro de un año el dólar se cambie a 1,5 dólares por euro, y alguno, me temo, aún cree en la incidencia de las políticas económicas locales...
El que a su mujer procura
dar remedio al mal de madre,
y ve que no la comadre
sino que el Cura la cura,
si piensa que el Padre Cura
trae la virtud en la estola,
mamóla
El padre que no replica
viendo gastar a la hijas
galas, copetes y sortijas,
desde la grande a la chica,
si piensan que no usan de pica
cuando ya saben de gola
mamóla
(Algunos afirman que las letrillas son de Góndora, otros lo niegan. Algunos piensan que el desastre económico lo creó un tal Zapatero, otros que se arregla con sentido común, al resto nos preocupa un dolar tan barato. En realidad, lo único cierto es que a Marisa Amo le incomoda que la página esté parada. Pues para que no se pare...)
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jueves, 19 de agosto de 2010
Varón Dandy
Van con la casa, en el mismo lote; vienen con las tejas, las puertas, las ventanas...¡los ineludibles vecinos!. Existen de todas las características posibles, a mí me correspondió el lote prehistórico, rara avis, una singularidad en la evolución, pues mis vecinos descienden directamente de los “Homo antecessor” de la Gran Dolina de Atapuerca.
En este tórrido verano, aquí, en la Corte, ventanas abiertas, el bullicio ha resultado insufrible. Así, encadenando noches en vela, planeando asesinatos virtuales, mirando de reojo a la crisis, han pasado los días y ya se vislumbra el final de este anodino agosto. Me crucé con él esta mañana, con el vecino, camiseta de tirantes, un a modo de gayumbos y ese andar oscilante rascándose frenéticamente la entrepierna. Lo que me pasmó fue el olor; no piensen mal, no se trataba del sobaquillo, ¡joder!, olía a Varón Dandy.
Es verdad, a decir de los incesantes mensajes publicitarios, que las fragancias te transportan a paraísos indescriptibles.Yo, es este caso, de súbito, me vi sentado en la silla giratoria del Turuta: chaval, te voy a poner una colonia para que se te acerquen las chavalas; descuiden, no surtía efecto ni a la de tres. Inolvidable, siempre cariñoso, incluso con los obligatoriamente obligados. A mí, después de mis malas notas, me llevaba mi padre de las orejas, corte de pelo al cero, que ya no se lleva eso, sin rechistar y que no quede un pelo más largo que otro. Como consuelo, dandydazo, y abandonaba la peluquería dando tumbos, literalmente embriagado por aquella “varonil” fragancia.
Es curioso, las dos barberías, pues así se decía antaño, con sus incondicionales, sus chismosas tertulias, generaban una sutil división en aquella sociedad aprisionada entre las dos fábricas. Los había pepistas y turutianos; probablemente no nos equivoquemos si aderezamos la división con las connotaciones sociales al uso, ¿dónde acudían, pues, el sargento, el médico, el maestro y el sacerdote? ¿Pepistas?
Tórrido verano éste; leí a Castelar: “¡Alá es grande en el Gurugú!”, y otra vez en el Gurugú, preguntándome por la suerte de Don Olegario Blanco; ya lo mencioné en alguna ocasión, la historia del pueblo discurre en paralelo a la historia del Gurugú. Me refugié en Blanco White, mi renegado favorito, “...la Virgen del Carmen, que es la patrona de pícaros y vagabundos en España” (cito, por si generase confusión, su procedencia: “Cartas de España”, carta quinta). Y ya estamos en la verbena, no pude evitar cierta nostalgia a la vez que tristeza, estaba allí pero me sentía ausente. Me evadí con Henning Mankell, buscando el frío del norte, y me encontré a una sociedad muy distinta a la que yo había idealizado, parece que esto de la globalización nos coloca a todos en el mismo andén, una pena.
Tórrido verano, al albur de taurinos y antitaurinos, la España de charanga y pandereta, tan machadiana, de toreros con el escapulario de la Virgen del Carmen. Han vuelto, los de la caspa, los de los cuernos y la maté porque era mía o porque no era mía, !qué más da¡. Mal asunto.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
Antonio Machado: “El mañana efímero”
botero1957@yahoo.es
En este tórrido verano, aquí, en la Corte, ventanas abiertas, el bullicio ha resultado insufrible. Así, encadenando noches en vela, planeando asesinatos virtuales, mirando de reojo a la crisis, han pasado los días y ya se vislumbra el final de este anodino agosto. Me crucé con él esta mañana, con el vecino, camiseta de tirantes, un a modo de gayumbos y ese andar oscilante rascándose frenéticamente la entrepierna. Lo que me pasmó fue el olor; no piensen mal, no se trataba del sobaquillo, ¡joder!, olía a Varón Dandy.
Es verdad, a decir de los incesantes mensajes publicitarios, que las fragancias te transportan a paraísos indescriptibles.Yo, es este caso, de súbito, me vi sentado en la silla giratoria del Turuta: chaval, te voy a poner una colonia para que se te acerquen las chavalas; descuiden, no surtía efecto ni a la de tres. Inolvidable, siempre cariñoso, incluso con los obligatoriamente obligados. A mí, después de mis malas notas, me llevaba mi padre de las orejas, corte de pelo al cero, que ya no se lleva eso, sin rechistar y que no quede un pelo más largo que otro. Como consuelo, dandydazo, y abandonaba la peluquería dando tumbos, literalmente embriagado por aquella “varonil” fragancia.
Es curioso, las dos barberías, pues así se decía antaño, con sus incondicionales, sus chismosas tertulias, generaban una sutil división en aquella sociedad aprisionada entre las dos fábricas. Los había pepistas y turutianos; probablemente no nos equivoquemos si aderezamos la división con las connotaciones sociales al uso, ¿dónde acudían, pues, el sargento, el médico, el maestro y el sacerdote? ¿Pepistas?
Tórrido verano éste; leí a Castelar: “¡Alá es grande en el Gurugú!”, y otra vez en el Gurugú, preguntándome por la suerte de Don Olegario Blanco; ya lo mencioné en alguna ocasión, la historia del pueblo discurre en paralelo a la historia del Gurugú. Me refugié en Blanco White, mi renegado favorito, “...la Virgen del Carmen, que es la patrona de pícaros y vagabundos en España” (cito, por si generase confusión, su procedencia: “Cartas de España”, carta quinta). Y ya estamos en la verbena, no pude evitar cierta nostalgia a la vez que tristeza, estaba allí pero me sentía ausente. Me evadí con Henning Mankell, buscando el frío del norte, y me encontré a una sociedad muy distinta a la que yo había idealizado, parece que esto de la globalización nos coloca a todos en el mismo andén, una pena.
Tórrido verano, al albur de taurinos y antitaurinos, la España de charanga y pandereta, tan machadiana, de toreros con el escapulario de la Virgen del Carmen. Han vuelto, los de la caspa, los de los cuernos y la maté porque era mía o porque no era mía, !qué más da¡. Mal asunto.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
Antonio Machado: “El mañana efímero”
botero1957@yahoo.es
domingo, 6 de junio de 2010
El molino
Con la que está cayendo resulta reconfortante volver a ver American Graffiti, no sólo por sentirse joven una vez más, sino por aquello de reflexionar sobre en qué lugar del camino perdimos el rumbo. Si bien la película narra una despedida en el último verano de la adolescencia, desde la óptica actual, con esta crisis que nos corroe, bien podría considerarse un adiós a una época irrepetible. Claro que nosotros, corría el año 62, emergiendo de aquel autarquismo cuartelero , difícilmente pudimos disfrutar de aquella prosperidad que envolvía el mundo occidental, pero esto no resta generalidad.
Para Paul Krugman, premio Nobel de Economía, aquella época resultó ser el paradigma de la prosperidad económica, entendida ésta como un reparto equitativo de la riqueza. Sin abusar de cifras macroeconómicas, es el momento en el que se minimiza la diferencia entre salarios altos y bajos y en el que una familia, con un único sueldo, podía comprar casa, automóvil, electrodomésticos y enviar a sus hijos a la Universidad. Aquello ya pasó, llegaron los Reagan, Thatcher y demás, los neoliberales, con su política de bajos impuestos para los más ricos, y convirtieron Occidente en un remedo del XIX. Aquí también nos llegó la ola, cómo no, recuerden aquel España va bien, y, de repente, casi beodos, nos dimos cuenta que con dos sueldos, lo de comprar casa y ajuar resultaba tremendamente complicado; tal como van las cosas, y por eso de terminar con la hipoteca, probablemente acabemos “emparejándonos” de tres en tres.
Realmente, cuando nos despedimos aquel verano, todos tuvimos nuestro último verano, no esperábamos esto; soñábamos con un mundo distinto, un mundo sin diferencias ni discriminaciones, sin violencia y, sobre todo, sin pobreza. ¿Dónde nos equivocamos?. Leo las cifras de paro juvenil, cerca de un 40 %, y pienso si mereció la pena tanto viaje para llegar al mismo sitio. Algunos dicen que en los 80 fue peor, no lo se, pero en este país los jóvenes nunca fueron bien vistos, y si alguien ha de pagar por tanto desatino, ¡que lo paguen los jóvenes¡
Salvando las distancias, recuerdo que un grupo de jóvenes, en virtud de la carencia de expectativas de ocio en Mataporquera, fundó una especie de club; estaba ubicado en una casa a las afueras, un lugar al que decían “El Molino”. Con esfuerzo e imaginación aquellos muchachos decoraron el local según los gustos del momento, aún recuerdo los excesos cromáticos en las paredes, y adquirieron un magnífico giradiscos. Gracias a su iniciativa pude asistir a mi primer guateque, y por qué no , al primer ataque de timidez y a la primera negativa. Desgraciadamente, por primera vez, viví el desprecio de los adultos a toda iniciativa juvenil... ¡arriba la tradición y muera la creatividad! . Los comentarios en “la cope” fueron siniestros: antro de perdición, panda de golfos, escondite de vagos...en fin, confianza a raudales. Y cómo no, la prohibición: ¡ni se te ocurra ir al Molino¡. Pues sí, yo acudí en diversas ocasiones, escuché aquellos vinilos, me fumé los primeros cigarrillos y contemplé lujurioso a las primeras muchachas. Y, además, disfruté. Apenas recuerdo los nombres de aquellos muchachos, pero creo que va siendo hora de felicitarles por colocar una bombilla en aquel lugar gris y oscuro llamado Mataporquera.
Releo algunos correos de antiguos alumnos, todos en el extranjero, y encuentro una pauta común: “Mientras en España, con todo mi currículum, no era más que un gilipollas, aquí me tratan de Vd”. He visto al embajador inglés en el aeropuerto del Prat, con su traje de raya diplomática, despedir con una pancarta a la enfermera número mil que huía hacia Inglaterra. O sea, nosotros pagamos su formación y ellos, los ingleses, disfrutan de su competencia profesional. Definitivamente, parodiando a los hermanos Cohen, éste no es un país para jóvenes.
No espero nada, llevamos muchos años ya sin que estos políticos que nos ha tocado votar alcancen acuerdo alguno. Decía el profesor Fabián Estapé que las promociones académicas son como las cosechas de vino, de vez en cuando surge una añada extraordinaria. Vistos los políticos actuales desde esta perspectiva, diríase que nos salió un vino peleón.
Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas.»
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.
(Ángel González)
botero1957@yahoo.es
Para Paul Krugman, premio Nobel de Economía, aquella época resultó ser el paradigma de la prosperidad económica, entendida ésta como un reparto equitativo de la riqueza. Sin abusar de cifras macroeconómicas, es el momento en el que se minimiza la diferencia entre salarios altos y bajos y en el que una familia, con un único sueldo, podía comprar casa, automóvil, electrodomésticos y enviar a sus hijos a la Universidad. Aquello ya pasó, llegaron los Reagan, Thatcher y demás, los neoliberales, con su política de bajos impuestos para los más ricos, y convirtieron Occidente en un remedo del XIX. Aquí también nos llegó la ola, cómo no, recuerden aquel España va bien, y, de repente, casi beodos, nos dimos cuenta que con dos sueldos, lo de comprar casa y ajuar resultaba tremendamente complicado; tal como van las cosas, y por eso de terminar con la hipoteca, probablemente acabemos “emparejándonos” de tres en tres.
Realmente, cuando nos despedimos aquel verano, todos tuvimos nuestro último verano, no esperábamos esto; soñábamos con un mundo distinto, un mundo sin diferencias ni discriminaciones, sin violencia y, sobre todo, sin pobreza. ¿Dónde nos equivocamos?. Leo las cifras de paro juvenil, cerca de un 40 %, y pienso si mereció la pena tanto viaje para llegar al mismo sitio. Algunos dicen que en los 80 fue peor, no lo se, pero en este país los jóvenes nunca fueron bien vistos, y si alguien ha de pagar por tanto desatino, ¡que lo paguen los jóvenes¡
Salvando las distancias, recuerdo que un grupo de jóvenes, en virtud de la carencia de expectativas de ocio en Mataporquera, fundó una especie de club; estaba ubicado en una casa a las afueras, un lugar al que decían “El Molino”. Con esfuerzo e imaginación aquellos muchachos decoraron el local según los gustos del momento, aún recuerdo los excesos cromáticos en las paredes, y adquirieron un magnífico giradiscos. Gracias a su iniciativa pude asistir a mi primer guateque, y por qué no , al primer ataque de timidez y a la primera negativa. Desgraciadamente, por primera vez, viví el desprecio de los adultos a toda iniciativa juvenil... ¡arriba la tradición y muera la creatividad! . Los comentarios en “la cope” fueron siniestros: antro de perdición, panda de golfos, escondite de vagos...en fin, confianza a raudales. Y cómo no, la prohibición: ¡ni se te ocurra ir al Molino¡. Pues sí, yo acudí en diversas ocasiones, escuché aquellos vinilos, me fumé los primeros cigarrillos y contemplé lujurioso a las primeras muchachas. Y, además, disfruté. Apenas recuerdo los nombres de aquellos muchachos, pero creo que va siendo hora de felicitarles por colocar una bombilla en aquel lugar gris y oscuro llamado Mataporquera.
Releo algunos correos de antiguos alumnos, todos en el extranjero, y encuentro una pauta común: “Mientras en España, con todo mi currículum, no era más que un gilipollas, aquí me tratan de Vd”. He visto al embajador inglés en el aeropuerto del Prat, con su traje de raya diplomática, despedir con una pancarta a la enfermera número mil que huía hacia Inglaterra. O sea, nosotros pagamos su formación y ellos, los ingleses, disfrutan de su competencia profesional. Definitivamente, parodiando a los hermanos Cohen, éste no es un país para jóvenes.
No espero nada, llevamos muchos años ya sin que estos políticos que nos ha tocado votar alcancen acuerdo alguno. Decía el profesor Fabián Estapé que las promociones académicas son como las cosechas de vino, de vez en cuando surge una añada extraordinaria. Vistos los políticos actuales desde esta perspectiva, diríase que nos salió un vino peleón.
Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas.»
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.
(Ángel González)
botero1957@yahoo.es
martes, 13 de abril de 2010
¿Aguilar o Reinosa?
A veces me demoro conscientemente a la hora de tomar una decisión, me complace retrasar ese momento en que inevitablemente voy a meter la pata, y no por falta de valor, lo de meter la pata hace tiempo que se convirtió en costumbre, sino por placer. Es como estar en duermevela, retardando el momento de levantarse de la cama, mientras la mente, errática, deambula por pasajes reales o imaginarios.
No importa la transcendencia de la decisiones, a veces es un simple sí o no, me voy o me quedo..., sucede que me encanta el no decidir. Sí, ya se que tarde o temprano tendré que afrontar la situación, por áspera que sea, pero me encantan esos minutos en los que permanezco en la frontera, en los que todavía me puedo volver atrás, en los que mi interlocutor se irrita por falta de respuesta...¿Dónde vamos? ¿Aguilar o Reinosa?
Hubo un tiempo en que el mundo se reducía al espacio comprendido entre Aguilar y Reinosa; el resto, el que aparecía en las novelas, las fotografías, era, eso...otro mundo, el mundo que recorrían los verdaderos viajeros. -¿Aguilar o Reinosa? - preguntaba el Sr. Vilda, parapeteado tras la ventanilla de la estación. Hubo un tiempo, ya lejano, en que todos los problemas se reducían a eso, ¿Aguilar o Reinosa?. Después de tantas vueltas, de tantos años, resulta que añoro las decisiones frívolas e intrascendentes, sin compromiso, porque sí.
Prefería Aguilar, aún desconozco el porqué, probablemente me sentía más mesetario que montañés; no entiendo por qué no escribí que me sentía más castellano que cántabro, aunque he de reconocer que esas milongas pseudonacionalistas nunca me interesaron. Sí, definitivamente, por favor, Sr. Vilda, el billete... para Aguilar.
En el andén, mirando hacia el pueblo, ir hacia Aguilar significaba viajar hacia la izquierda. Más tarde aprendí, que viajar hacia París, había que pasar por Venta de Baños, también significaba viajar hacia la izquierda; viajar a Lisboa (Grândola, Vila Morena...nunca olvidaré aquel 25 de abril), como no, era un deslizarse hacia la izquierda. Por alguna razón, se desdibujó el espacio situado a la derecha. Es cierto que, a veces, realicé ese viaje, generalmente por imperativos institucionales, por razones de salud, o simplemente porque determinados sucesos distorsionaron temporalmente mi capacidad de comprensión. Definitivamente, Sr. Vilda, un billete hacia la izquierda.
Añoro al Sr. Vilda. La vida se nos llenó de cruces, semáforos, intercambiadores, circunvalaciones...ya no resulta tan fácil. Simplemente deambulamos sin destino, no podemos optar, comprar un billete no es más que una ilusión; viajar, una especie de imperativo comercial y decidir...¿decidimos nosotros?. Afortunadamente podemos recordar, y yo aún recuerdo el andén, la estación, al Sr. Vilda y aquel maravilloso “Never marry a railroad man”.
http://www.youtube.com/watch?v=Xwy6uIz-Gtg&feature=related
No importa la transcendencia de la decisiones, a veces es un simple sí o no, me voy o me quedo..., sucede que me encanta el no decidir. Sí, ya se que tarde o temprano tendré que afrontar la situación, por áspera que sea, pero me encantan esos minutos en los que permanezco en la frontera, en los que todavía me puedo volver atrás, en los que mi interlocutor se irrita por falta de respuesta...¿Dónde vamos? ¿Aguilar o Reinosa?
Hubo un tiempo en que el mundo se reducía al espacio comprendido entre Aguilar y Reinosa; el resto, el que aparecía en las novelas, las fotografías, era, eso...otro mundo, el mundo que recorrían los verdaderos viajeros. -¿Aguilar o Reinosa? - preguntaba el Sr. Vilda, parapeteado tras la ventanilla de la estación. Hubo un tiempo, ya lejano, en que todos los problemas se reducían a eso, ¿Aguilar o Reinosa?. Después de tantas vueltas, de tantos años, resulta que añoro las decisiones frívolas e intrascendentes, sin compromiso, porque sí.
Prefería Aguilar, aún desconozco el porqué, probablemente me sentía más mesetario que montañés; no entiendo por qué no escribí que me sentía más castellano que cántabro, aunque he de reconocer que esas milongas pseudonacionalistas nunca me interesaron. Sí, definitivamente, por favor, Sr. Vilda, el billete... para Aguilar.
En el andén, mirando hacia el pueblo, ir hacia Aguilar significaba viajar hacia la izquierda. Más tarde aprendí, que viajar hacia París, había que pasar por Venta de Baños, también significaba viajar hacia la izquierda; viajar a Lisboa (Grândola, Vila Morena...nunca olvidaré aquel 25 de abril), como no, era un deslizarse hacia la izquierda. Por alguna razón, se desdibujó el espacio situado a la derecha. Es cierto que, a veces, realicé ese viaje, generalmente por imperativos institucionales, por razones de salud, o simplemente porque determinados sucesos distorsionaron temporalmente mi capacidad de comprensión. Definitivamente, Sr. Vilda, un billete hacia la izquierda.
Añoro al Sr. Vilda. La vida se nos llenó de cruces, semáforos, intercambiadores, circunvalaciones...ya no resulta tan fácil. Simplemente deambulamos sin destino, no podemos optar, comprar un billete no es más que una ilusión; viajar, una especie de imperativo comercial y decidir...¿decidimos nosotros?. Afortunadamente podemos recordar, y yo aún recuerdo el andén, la estación, al Sr. Vilda y aquel maravilloso “Never marry a railroad man”.
http://www.youtube.com/watch?v=Xwy6uIz-Gtg&feature=related
viernes, 12 de marzo de 2010
Sucio, triste y enlutado
Siempre disfruté de los relatos escritos por viajeros, bien por el afán de conocer otros pueblos, otras gentes, o bien porque sus autores aportan nuevas miradas sobre destinos ya conocidos. La sorpresa surge cuando uno de estos viajeros escribe sobre tu pueblo, sobre Mataporquera.
Encontré el relato en la hemeroteca de ABC (http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1966/06/10/025.html), publicado el 10 de julio de 1966 bajo el título La campana y el cierzo, escrito por Luis Valderrama Modrón, un autor sobre el que no tenía ninguna referencia. Sorprende, más aún, cuando en su biografía (http://www.aat.es/aat.html), leo que escribió su primera comedia a los dieciocho años en Mataporquera. Esto aporta, no sólo solvencia, sino también credibilidad a su relato; un relato duro, y a la vez tierno, pero certero, tremendamente certero.
Usa el autor, a modo de Valle-Inclán, los adjetivos de tres en tres; así, en una ocasión nos dice que Mataporquera es un pueblo desalineado, sucio y triste, y, en otra, que Mataporquera es un pueblo sucio, triste y enlutado. La tristeza y la suciedad son recurrentes en el relato, salvo en el cementerio : No existe tristeza o temor en este silencioso rincón. Distingue el autor entre las cumbres tapizadas de nieve y la oscuridad de la hondonada, como consecuencia del humo de las fábricas; entre el equilibrio, la espiritualidad y la esperanza en la parte alta, y el esfuerzo, la extenuación y el cansancio en la parte baja, el barrio de arriba y... el de abajo, siempre hubo clases.
Es difícil, salvo matices, encontrar fisuras en el relato. Esto nos lleva a una cuestión delicada, nos lleva a preguntarnos si es cierto que el medio en el que crecemos y nos educamos moldea nuestro carácter. Si es así, ¡aviados estamos!.
Nos guste o no, es su particular mirada. En lo que a mi respecta, me quedo con el cierzo, mi añorado viento del norte, que, como bien dice Luis Valderrama,
Sale de las altas cumbres nevadas y al besar tímidamente nuestra faz se convierte en viajero vagabundo. Es el cierzo de una juventud inquieta y soñadora que en las tardes domingueras de verano paseaba su ilusión bajo la húmeda sombra de robles y fresnos. Es la infinita tristeza del primer fracaso y el recuerdo de la amada, eternamente ausente y que jamás regresará.
Encontré el relato en la hemeroteca de ABC (http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1966/06/10/025.html), publicado el 10 de julio de 1966 bajo el título La campana y el cierzo, escrito por Luis Valderrama Modrón, un autor sobre el que no tenía ninguna referencia. Sorprende, más aún, cuando en su biografía (http://www.aat.es/aat.html), leo que escribió su primera comedia a los dieciocho años en Mataporquera. Esto aporta, no sólo solvencia, sino también credibilidad a su relato; un relato duro, y a la vez tierno, pero certero, tremendamente certero.
Usa el autor, a modo de Valle-Inclán, los adjetivos de tres en tres; así, en una ocasión nos dice que Mataporquera es un pueblo desalineado, sucio y triste, y, en otra, que Mataporquera es un pueblo sucio, triste y enlutado. La tristeza y la suciedad son recurrentes en el relato, salvo en el cementerio : No existe tristeza o temor en este silencioso rincón. Distingue el autor entre las cumbres tapizadas de nieve y la oscuridad de la hondonada, como consecuencia del humo de las fábricas; entre el equilibrio, la espiritualidad y la esperanza en la parte alta, y el esfuerzo, la extenuación y el cansancio en la parte baja, el barrio de arriba y... el de abajo, siempre hubo clases.
Es difícil, salvo matices, encontrar fisuras en el relato. Esto nos lleva a una cuestión delicada, nos lleva a preguntarnos si es cierto que el medio en el que crecemos y nos educamos moldea nuestro carácter. Si es así, ¡aviados estamos!.
Nos guste o no, es su particular mirada. En lo que a mi respecta, me quedo con el cierzo, mi añorado viento del norte, que, como bien dice Luis Valderrama,
Sale de las altas cumbres nevadas y al besar tímidamente nuestra faz se convierte en viajero vagabundo. Es el cierzo de una juventud inquieta y soñadora que en las tardes domingueras de verano paseaba su ilusión bajo la húmeda sombra de robles y fresnos. Es la infinita tristeza del primer fracaso y el recuerdo de la amada, eternamente ausente y que jamás regresará.
miércoles, 3 de marzo de 2010
El parte, los enanos y Françoise
Resultó muy decepcionante. Observé cómo el técnico retiraba la tapa trasera de la radio y, en vez de enanos diminutos, se revelaron las válvulas. Había construido todo un entramado mental a propósito de los diminutos locutores que allí habitaban, había sugerido multitud de hipótesis sobre los orígenes de tales speakers, incluso había averiguado cómo se organizaban socialmente; vamos, que sabía quién era el jefe.
Bastó un pequeño destornillador para dejar al descubierto toda la circuitería del aparato, un vulgar destornillador para arruinar mis sueños infantiles. “Esta válvula está rota” -dijo el técnico -, tremendo, mis enanos transmutados en válvulas, incluso el enano de la voz aflautada, el que sólo hablaba en las grandes ocasiones, resultó ser una puñetera válvula.
Aún recuerdo la solemnidad con que el abuelo, a la misma hora todos los días, se disponía a escuchar el parte; este era el momento más importante del día y requería el máximo silencio, pues los condensadores de aquella preciosa radio de válvulas se atoraban y, en consecuencia, la intensidad del sonido aumentaba y disminuía caprichosamente; a veces, un buen golpe con la mano restablecía la emisión y otras veces, el mismo golpe servía para anular las consignas que el nacionalcatolicismo se empeñaba en transmitir. En ocasiones, con las noticias, el abuelo se irritaba y terminaba esparciendo las puntillas que la protegían del polvo, las puntillas de la abuela, como si ésta tuviese la culpa de los despropósitos del país.
A mi me gustaba escuchar Radio España Independiente, la Pirenaica. Cuando las interferencias, fortuitas o provocadas, permitían la audición, las voces sonaban lejanas; supongo que era esto lo que me fascinaba, la lejanía, lo clandestino y, sobre todo, la palabra independiente. Aunque desconocía su significado, me excitaba su sonoridad; era una palabra mágica, de las que se quedaban en la boca y gustaba saborear.
Un buen día, no recuerdo con exactitud cuándo, mi padre trajo un transistor, más fácil de sintonizar, con un sonido metálico un tanto estridente, el no va más de la modernidad. Ya no pensaba en enanos, tenía otras inquietudes. Fue con ese aparato cuando oí hablar de Dani el Rojo y de unos disturbios en París. En la Pirenaica hablaban de un tal Sartre y de la Castor, del poder de los estudiantes, que se propagaba la revuelta y que había que soñar lo imposible. Escuché por primera vez a Françoise Hardy y me convertí en afrancesado. Escuchar aquellos transistores fue como abrir las ventanas: el aire se llevó la caspa y desapareció el olor a rancio.
Volví a mirar el interior de la radio, a buscar mis enanos. Aprendí que el transistor, descubierto por unos tipos de los Laboratorios Bell, era un pequeño dispositivo fabricado a partir de silicio envenenado, y que, sorprendentemente, no emitía ningún sonido. Comprendí que su objetivo era dirigir el tráfico de unas pequeñas partículas llamadas electrones y entendí porqué resultó ser una alternativa barata a las válvulas. Poco después, a los científicos les dio por agrupar los transistores en chips y, de repente, aquí estamos, hablando de nanotecnología. Descubrí, por fin, que mis enanos tenían existencia real, con un comportamiento peculiar, pero eran pulcros y ordenados, incluso tenían spin semientero.
Hoy en día convivimos con los transistores sin percatarnos de su existencia, usamos cientos de dispositivos y no nos paramos a pensar en cómo estos pequeños trozos de silicio cambiaron nuestra manera de vivir y, por qué no, nuestra manera de pensar. La historia registra pomposamente grandes revoluciones como generadoras de cambios sociales, los medios hablan de partidos políticos y de transiciones y nos gusta pensar que fuimos nosotros los que generamos tales cambios, pero me temo que esto es una ingenuidad. El electrón se descubrió en 1898, el transistor en 1948 y el chip el 1958, más o menos, y a medida que agrupábamos transistores cambiaban significativamente los comportamientos sociales, tanto como nunca consiguió revolución alguna. ¿Aún tienen dudas?
Probablemente desvaríe, no importa, yo asocio el transistor con Francoise Hardy, con la primera canción que escuché, con aquel inolvidable "Tous les garçons et les filles”. Después de todo, ¿quién no se enamoró alguna vez de Françoise?
http://www.youtube.com/watch?v=0aLoezucIzk&feature=related
Bastó un pequeño destornillador para dejar al descubierto toda la circuitería del aparato, un vulgar destornillador para arruinar mis sueños infantiles. “Esta válvula está rota” -dijo el técnico -, tremendo, mis enanos transmutados en válvulas, incluso el enano de la voz aflautada, el que sólo hablaba en las grandes ocasiones, resultó ser una puñetera válvula.
Aún recuerdo la solemnidad con que el abuelo, a la misma hora todos los días, se disponía a escuchar el parte; este era el momento más importante del día y requería el máximo silencio, pues los condensadores de aquella preciosa radio de válvulas se atoraban y, en consecuencia, la intensidad del sonido aumentaba y disminuía caprichosamente; a veces, un buen golpe con la mano restablecía la emisión y otras veces, el mismo golpe servía para anular las consignas que el nacionalcatolicismo se empeñaba en transmitir. En ocasiones, con las noticias, el abuelo se irritaba y terminaba esparciendo las puntillas que la protegían del polvo, las puntillas de la abuela, como si ésta tuviese la culpa de los despropósitos del país.
A mi me gustaba escuchar Radio España Independiente, la Pirenaica. Cuando las interferencias, fortuitas o provocadas, permitían la audición, las voces sonaban lejanas; supongo que era esto lo que me fascinaba, la lejanía, lo clandestino y, sobre todo, la palabra independiente. Aunque desconocía su significado, me excitaba su sonoridad; era una palabra mágica, de las que se quedaban en la boca y gustaba saborear.
Un buen día, no recuerdo con exactitud cuándo, mi padre trajo un transistor, más fácil de sintonizar, con un sonido metálico un tanto estridente, el no va más de la modernidad. Ya no pensaba en enanos, tenía otras inquietudes. Fue con ese aparato cuando oí hablar de Dani el Rojo y de unos disturbios en París. En la Pirenaica hablaban de un tal Sartre y de la Castor, del poder de los estudiantes, que se propagaba la revuelta y que había que soñar lo imposible. Escuché por primera vez a Françoise Hardy y me convertí en afrancesado. Escuchar aquellos transistores fue como abrir las ventanas: el aire se llevó la caspa y desapareció el olor a rancio.
Volví a mirar el interior de la radio, a buscar mis enanos. Aprendí que el transistor, descubierto por unos tipos de los Laboratorios Bell, era un pequeño dispositivo fabricado a partir de silicio envenenado, y que, sorprendentemente, no emitía ningún sonido. Comprendí que su objetivo era dirigir el tráfico de unas pequeñas partículas llamadas electrones y entendí porqué resultó ser una alternativa barata a las válvulas. Poco después, a los científicos les dio por agrupar los transistores en chips y, de repente, aquí estamos, hablando de nanotecnología. Descubrí, por fin, que mis enanos tenían existencia real, con un comportamiento peculiar, pero eran pulcros y ordenados, incluso tenían spin semientero.
Hoy en día convivimos con los transistores sin percatarnos de su existencia, usamos cientos de dispositivos y no nos paramos a pensar en cómo estos pequeños trozos de silicio cambiaron nuestra manera de vivir y, por qué no, nuestra manera de pensar. La historia registra pomposamente grandes revoluciones como generadoras de cambios sociales, los medios hablan de partidos políticos y de transiciones y nos gusta pensar que fuimos nosotros los que generamos tales cambios, pero me temo que esto es una ingenuidad. El electrón se descubrió en 1898, el transistor en 1948 y el chip el 1958, más o menos, y a medida que agrupábamos transistores cambiaban significativamente los comportamientos sociales, tanto como nunca consiguió revolución alguna. ¿Aún tienen dudas?
Probablemente desvaríe, no importa, yo asocio el transistor con Francoise Hardy, con la primera canción que escuché, con aquel inolvidable "Tous les garçons et les filles”. Después de todo, ¿quién no se enamoró alguna vez de Françoise?
http://www.youtube.com/watch?v=0aLoezucIzk&feature=related
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