viernes, 2 de septiembre de 2011

Exijo que me la devuelvan

Habían llamado a la puerta, San Alberto 10, barrio, supongo que algún día de aquellos plomizos veranos de los 70. Dos jóvenes, entusiastas, eternamente sonrientes y extremadamente cordiales; decían ser Testigos de Jehová, e intentaban, probablemente, vender o regalar ciertos panfletos religiosos que portaban en una vieja cartera de cuero. No se cómo, ni por qué, terminé caminando con ellas hacia el pueblo. Un trayecto breve, pero suficiente para una acalorada discusión cuyo contenido apenas recuerdo; al llegar a la altura de la casa de Esteban, el alcalde de entonces, una de ellas, roja de ira - de esto me acuerdo perfectamente- me espetó: ¡Te vas a condenar!

Ya había olvidado este episodio, fruto, cabe pensar, de aquella pose de rojo calavera tan propia de aquellos años; seguramente dije alguna inconveniencia. Lo recordé el otro día, en la manifestación contra los privilegios que las instituciones civiles conceden a la Iglesia Católica. Estaba citado en la plaza Jacinto Benavente, viejos colegas, algunos agnósticos y otros, simplemente, ateos. Al llegar, la plaza estaba repleta, me encontré un grupo de peregrinos arrodillados - brazos en cruz, cruces de madera, ojos extasiados - que, al parecer, rezaban por nuestros pecados. No les presté demasiada atención, me aburren, busqué a mis compañeros y nos sumamos a la manifestación. Bajando por Carretas, una joven, blandiendo un crucifijo, acercándolo y alejándolo de mi cara, lo repitió, ¡Te vas a condenar!, tal cual, en singular, a mí que iba rodeado de miles de “pecadores”. Es verdad, en esta ocasión, ni tan siquiera había coreado los eslóganes que repetían los participantes de tan singular evento.

También estaba roja, no se si de ira o por exceso de temperatura, Madrid se derretía en aquel momento. Lo que no coincidía era la indumentaria; austeras y recatadas, faldas largas y el cuello de las camisas abotonado, en Mataporquera, pantalones si no cortos, cortísimos, camiseta ombliguera y las etiquetas de la ropa interior bien visibles- una no paga una pasta por las braguitas de cierta marca para que luego no se vean-, en Madrid. Tampoco encontré semejanzas en las miradas; firmes, quizás hieráticas, las unas, lunáticas y fundamentalistas, las otras, las del siglo XXI. Me asusté, Einstein decía que la estupidez humana era (probablemente, también el universo) la única infinitud que él conocía, y seguramente tenía razón.

Huí de allí, camino de los viejos lugares, de los sonidos de siempre, del añorado vacío de un Madrid agosteño. Pero no, ellos deambulaban por doquier, exhibían sus distintivos religiosos sin pudor, manifestaban su omnipresencia con prepotencia, incluso hasta algunos monjes rijosos - ¿qué coño llevaban debajo del hábito?- se permitían danzar en mitad de la plaza Santa Ana. Perdí la libido, o, tal vez, me la robaron, no lo sé, pero me empieza a preocupar, pues mi farmacéutica no acierta con esa fórmula magistral que me permita recuperar ese estado de sátiro desbocado y pecador que tanto me satisface.

¿Pecador?... no lo había pensado; pago los impuestos que me corresponden, cumplo cabalmente con las normas de tráfico, con mis deberes cotidianos y familiares, rara vez falto a mi trabajo y, por supuesto, no promuevo guerras, cruzadas, inquisiciones, violencia de género, discriminaciones o paidofilia. El sexo sí, me encanta, lo retomaré cuando... ¡me devuelvan mi libido!.


Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
-¡A la mierda el señor arzobispo!
El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”.


El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez