domingo, 30 de diciembre de 2012

Mistela sobre hojuelas

Sí, es cierto, yo estuve allí; probablemente recuerdes que en mitad de la conferencia un tipo se cayó en mitad del pasillo central, el inmediato jolgorio y el conferenciante enmudecido. Aquel tipo tan torpe era yo. Aún estaba fresco el difunto y en aquel afamado teatro de Santander nos vacilaban ya con aquello de la identidad de Cantabria; chavala, seguramente lo recuerdes, que si los cántabros se distinguían por determinadas características antropomórficas, que si ya los griegos hablaron de los cántabros y también los romanos - cómo no- , que no se trataba de una mera autonomía, que se trataba de devolver unas determinadas señas de identidad... Entonces existía una especie de fiebre por desmarcarse de los íberos, por negar la contaminación sanguínea y glosar las glorias de unos supuestos antepasados más o menos excéntricos. La epidemia afectaba a todo el norte de España -  los que vendían más que lo que compraban - y los periódicos destacaban los decires de unos y de otros, a los que acabaron llamando nacionalistas. El caso es que me agobié, empecé a pensar que mi sangre procedía de una mezcla entre judía y moruna, que mis rasgos físicos no se acomodaban al canon allí definido y que seguramente aquellos tipos nunca me iban a conceder el certificado racial pertinente, así que me levanté súbito y deslizándome entre las butacas intenté salir de allí con suficiente discreción, pero con tan mala fortuna que tropecé con un paraguas y me caí en mitad del pasillo central. Salí de allí tan corrido que no me quedó otra que dirigirme hacia el “Pepe”, en Río de la Pila, y atizarme una absenta doble, tal como había visto hacer en las películas de sustos y miedos.

No sé, chavala, a la gente le dio por mirar atrás, a recuperar las tradiciones y toda esa monserga, me cuesta entenderlo. Fíjate, me llegó una especie de reportaje gráfico a propósito de santa Eulalia, la santa o una de las santas de mi pueblo, pues también apañan una fiesta con la virgen del Carmen, aunque ya desbarro, desconozco si la tal Eulalia también es una virgen. Sí, claro, ya te hablé de mi pueblo, un pequeño pueblo industrial situado al final de la meseta, dónde empiezan las montañas. Cuando vi las fotos por primera vez, pavor, ganas me dieron de recurrir de nuevo a esa mezcla de ajenjo, hinojo y anís - la santísima trinidad - para mitigar el asombro que me  produjeron. No por el fotógrafo, excelente, sino por el contenido.  Excelente porque supo relacionar con solvencia la intangibilidad del frío atmosférico - gorros, guantes  y bufandas - con la frialdad emocional del evento. Fíjate, sino, en las fotos del interior de la iglesia, más que feligreses parecen viajeros encabronados por el retraso  de ese tren que no termina de llegar, clientes de Bankia escuchando las torticeras explicaciones de D. Rodrigo Rato o funcionarios acusados de haber causado el derrumbe económico del país. Impresiona el claroscuro de las cuatro mujeres - gesto duro y recio - en el banco de la iglesia soportando contraídas el frío y, tal vez, el sermón del oficiante. Cuatro figuras que emergen desde la oscuridad, las manos caídas sobre el regazo y ese aire de resignación pétrea en sus rostros, los rayos de sol que avanzan de izquierda a derecha enfatizan  la composición iluminando parcialmente sus cabezas y los pliegues de sus abrigos. El marrón pardusco de uno de ellos contrasta dramáticamente con la luz dorada que baña sus cabezas. Tiene algo de contrarreforma, de Barroco español; la mujer de la derecha, con su mirada casi torva, con el ceño fruncido y los labios apretados, simula un personaje velazqueño.

Y aquí, en esta foto, ya ves, medio centenar de personas subiendo la cuesta hacia la iglesia de Santa Eulalia tras la imagen de la santa. Destellos de sol  entre el gris opaco y transparente de un frío polar, nieve resplandeciente al borde del asfalto. En la cabecera, los albados, unos con casulla roja, otros con estola, todos cingulados.  Caminan  contritos, sin levantar la vista. Al fondo, la dispersión cromática en los silos de la fábrica esboza una mueca, quizás un guiño, un sarcasmo de espejo hiperbólico. Es una procesión, sí, no cabe duda. Es curioso, siempre que veo una procesión recuerdo aquellos renglones de Blanco Whyte, en los que narraba la epidemia de fiebre amarilla en Sevilla, allá por el 1800;  decía que los sevillanos, haciendo caso omiso a los cirujanos, decidieron salir en procesión y rogar a Dios, no se bien si por sus pecados o por sus hipotecas, el caso es que todos terminaron contaminados, ¡qué malas son las proximidades!

No, esa es otra iglesia. Parece que transportan la imagen de la santa de una iglesia a otra, con mucho boato, desde luego, supongo que por tradición, tal vez, o por abrir el apetito, qué se yo. Sí, son ya mayores, apenas se ven jóvenes,  aunque mira esa niña monaguillo, quizás monaguilla, desconozco si se permite el femenino, hábito blanco, tez pálida y la negra melena negra derrochando gracia sobre su espalda. ¿Crees que tiene edad para entender de qué va todo eso? Bueno, es muy católico, los inician recién nacidos, prohibido consultar. Destacan los que no están, los que yacen arriba en el cementerio, los que se fueron, los que huyeron. Ese penoso avanzar de cuerpos encorvados evidencia la tragedia, el futuro ausente. ¿Qué fue de aquellos que llegaron al pueblo huyendo de la miseria de una posguerra cruel? ¿Qué fue de los anhelos que unos y otros depositaron en sus descendientes? Para ellos sólo el futuro tenía sentido, pues el presente les robó sus esperanzas personales. No miraban hacia atrás, el pasado nunca les ofreció consuelo; proyectaban sus aspiraciones en sus hijos, se acomodaron a todos los cambios, evolucionaron aún a su pesar. Ellos ya no están, eran sabios, conocían perfectamente lo que significaba el retorno a las tradiciones, el permitir que los purpurados conduzcan el rebaño, lo sabían, chocolate con picatostes para los tonsurados,  hojuelas con mistela para el pueblo llano.

Esta foto me gusta más, ya ha terminado la ceremonia, caras risueñas, algún rayo de sol, fibras artificiales y pieles de relumbrón - cuídate de los viejos amores de la adolescencia -, sin tiempo para el qué bien te veo, no se nota cómo paso el tiempo, mira, mi padre ya nos dejó, recuerdos para tu hermana, corre, corre que se terminan las hojuelas,  y otra vez al retrato, con el papel aceitoso, hasta un antiguo prócer, ese de  la sintética azul, exhibiendo la bolsa de papel moteada con zumo de olivas, chavala, no te lo vas a creer, ese tipo era el Presidente de la Comunidad Autónoma. En los vasos de plástico, mistela, imposible de catar en una fotografía, pero inmediata en los recuerdos. Me sabe a puñetera adolescencia, dulzona y cabezona, la recuerdo con horror. Lo que no entiendo es la combinación de hojuelas con mistela; es verdad, las hojuelas producen un tránsito difícil - hablo de la garganta no del posteriori -,  un a modo de bola harinosa, y la mistela, un difícil tránsito entre el sopor empalagoso y la empalagosa prima de riesgo, algo así como despertarse en medio de una crisis económica pilotada por el inefable Don Mariano.

Más difícil de entender, si cabe, la combinación procesión, hojuelas y mistela. ¿Otra santísima trinidad?, ¿apego a las viejas tradiciones?, ¿una disculpa?, ¿una reivindicación del XIX?, ¿también comían hojuelas los antiguos cántabros? Y de nuevo ese runrún, esa especie de vacío en el estómago, ese malestar en la entrepierna...Siempre que me pregunto si los defraudadores fiscales acuden a las procesiones experimento el mismo malestar, nada grave, pero muy incómodo, es como un desarreglo tripero, vamos, algo así como que un empacho de hojuelas con mistela.   

Sí, tal como te lo cuento, empiezan a tontear con la tradición y terminan votando conservador. ¿De verdad crees que lo mismo sucedió en el resto del país? Tal vez, aunque me parece un tanto exagerado, se nota la lejanía de ese país de súbitos amaneceres. En realidad no sé qué contestarte, aunque después de ver la foto de Cospedal y Saénz de Santamaría en el Vaticano, una con mantilla española y la otra con velo negro, estoy por darte la razón.





Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano».

 Viejas historias de Castilla la Vieja. Miguel Delibes



Nota: ¿Horejuelas, orejuelas, hojuelas? Sin duda, hojuelas es lo correcto. Tanto horejuela, como orejuela, aparecen en distintas fuentes, pero son incorrectas. Ya no cabe apelar a la tradición, tan sólo al diccionario.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Adiós, María Teresa

Adiós, María Teresa. Hoy, enmarcados entre nubarrones, se atisban pedazos del cielo azul de Madrid, pedazos de un azul luminoso, destellos que nos inundarían de alegría si no fuese por estos tiempos tan turbios. De vuelta a casa, mientras pisaba las hojas con las que el otoño almohadilló el camino, pensé en ti. Aún tenía esperanzas, pensarás  que soy un ingenuo, quizás tan sólo me obligaba a tener esperanzas, no lo sé, el caso es que me sentía optimista y veía a tu padre sonreír como en los viejos tiempos, como cuando intercambiábamos nuestras cuitas de padres primerizos.

Me llamó un compañero, llegó el momento - me dijo - , ya sabes cómo se dan estas noticias, la información llega con voz grave, con silencios prolongados, como si enmudeciésemos entrecortadamente.  Me senté en la silla despacio, pensé en tu padre y noté cómo se me desgarraba el alma, sentí como se reblandecían los recuerdos, cómo huían las imágenes felices.

Adiós, María Teresa. Subiré a Bustarviejo para despedirme de ti. Desconozco dónde termina tu viaje, qué caminos seguirás, qué reencuentros te esperan. Espero que tu viaje sea más afortunado que el que aquí hiciste, que no termine tan brúscamente, que discurra con placidez y que encuentres gentes que te hagan olvidar el estúpido mundo que dejas.

Sí, es lamentable, aquí sólo quedamos los idiotas. Los que discuten acerca de lo que sucedió aquella aciaga noche en el Madrid-Arena, los que echan la culpa a los otros, los que disimulan, los que otorgaron favores a cambio de prebendas económicas, los que frivolizaron tu vida en la prensa para hacer un favor a los que mandan, los que votaron a los que mandan, los que no votaron.

Adiós, María Teresa. No mires atrás, no merece la pena. Me duele ver a tus padres contemplando cómo te alejas. No mires atrás. Aquí sólo yace el vacío y algunos que piensan - infelices - que están viviendo. No, no mires atrás.


Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua, 

si he perdido la voz en la maleza, 

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo 


lo que era mío y resultó ser nada, 

si he segado las sombras en silencio, 

me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro 


puro y terrible de mi patria, 

si abrí los labios hasta desgarrármelos, 

me queda la palabra.

En el principio. Blas de Otero