jueves, 17 de diciembre de 2009

Socayo

Llegada la tarde, nos resguardábamos del viento del Norte, bien en el número cinco o en el nueve; al socayo, se dice por esas tierras. Lamentablemente, esta palabra no la recoge el Diccionario de la Real Academia; ellos, más finos, prefieren socaire. El socayo invitaba a tertuliar, charla entre preadolescentes, relatos de fantasías varias y, por qué no, a planear fechorías. En aquellos tiempos, los mozalbetes usábamos calcetines hasta la rodillas; medias, decían. Con el despuntar del otoño nos revestían de pantalones largos; por alguna razón, los cambios se realizaban en función de las fechas y no de las temperaturas. En el número cinco vivía Flores y en el nueve, Cuqui y sus hermanas.

A principios de los ochenta unas oposiciones me trajeron a Madrid. Aquel mes de julio, residente en un Colegio Mayor, sentí nostalgia del socayo. A las siete de la tarde, tal cual hice muchas veces bajo los veranos del Norte, me colgaba el jersey a la espalda y salía a patear el Madrid de los Austrias. Aquello no era calor, llovía fuego. Un buen día, alguien me preguntó por qué me empeñaba con el jersey. Me limpié el sudor de la cara con una manga del dichoso jersey y le respondí: espero el viento del Norte.

En alguna ocasión compartí palabras y chinchón con Pepe Hierro, cántabro universal. Hace algún tiempo que nos dejó, pero quedan sus versos:

Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
Cómo se pueden venir
nuestras murallas al suelo.
Cómo se puede no hablar
de todo aquello.
El viento no escucha.
No escuchan las piedras, pero
hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento.

Han pasado muchos años ya, aquellas oposiciones me dejaron en Madrid y aún sigo aquí, esperando el viento del Norte.

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